miércoles, 11 de enero de 2017

Los cuentos de terror que me contó mi abuelo y que hicieron cagarme...


Manuel Romero era un merlino de pura cepa, nacido en 1929. Cuando rondaba los sesenta años conoció a mi abuela, Perla, que estaba separada de mi abuelo, desde que mi padre era chico.
En fin, Manuel era un gaucho de aquellos, alto, fornido, pelado y con brazos y manos de leñador. Tenía el típico humor picaresco cuyano, y mas allá de que yo solía enojarme con sus bromas, la verdad es que poco tiempo pasó hasta que se ganara mi corazón y el lugar de abuelo postizo, como solía decirle ante sus increíbles risotadas.
La primera vez que me llevaron a sus pagos, fue en el invierno de 1991. Yo por esa época sufría de un principio de asma, y me atendía, como casi toda la familia, con un médico homeópata. Éste mismo le había recomendado a mi vieja que fuera nomás con mis abuelos, ya que Merlo tenía fama de tener un micro clima muy bueno para la salud. Cuestión que, un poco a regañadientes, me dejaron ir. Yo estaba chocho, lo único que conocía en esa época, mas allá de Buenos Aires, era Mar del plata y alrededores, y las únicas "montañas" las de Sierra de los padres.
En aquellos tiempos, uno todavía podía viajar a lugares como San Luis o Bariloche en tren. Así que nos fuímos a la estación de Retiro, la misma de donde salen los trenes a Tigre.
Mi viejo me fue a despedir y me llevó una pistola de cebita. Estaba a cada momento mas entusiasmado.
Yo tenía siete años, y recuerdo un tren un poco mas lindo y cuidado que el de Mar del plata y que nos daban unos almohadones chicos para la cabeza y unas mantas. A la madrugada hicimos trasbordo y seguimos el viaje en micro. En los alrededores había mucha nieve, cosa nunca vista por mí,
Llegamos a media mañana a la casa de Manuel, en un pueblito que todavía tenía en su mayoría tranqueras. Un perro loco nos salió a saludar a puro ladrido mañanero. Hacía frío, pero era un frío seco, así que estando bien abrigado uno casi ni lo sentía. En esas mini vacaciones de invierno, podría decirse que me curé de todos los males que aquejaban mi pecho. A los poco días ya estaba correteando y jugando a los pistoleros con los chicos locales de la cuadra. Miguel, Daniel, Rafael, Ariel y Mariel.
Una de aquellas noches frías, el viento soplaba fuerte sobre Merlo. Mi abuela cocinaba una carne mechada, mientras mi abuelo Manuel, avivaba el fuego de la chimenea. Entonces me preguntó si conocía la historia de La muerta viva. Le dije que no y acto seguido me apresté a que me contara la historia.
"Hace varios años, en este pueblito, a pocas cuadras acá, vivía Julieta, una chica jovén muy linda, de pelo lacio y dorado como el sol. Sus padres habían venido a vivir desde lejos, otro país, pero ella se crió acá. Cuando tenía mas o menos veinte años, conoció a Pablito, el hijo del carpintero Pedro. Se enamoraron mientras jugaba al sapito en el arroyo Piedras blancas. Pero los padres de Julieta no aprobaban la relación y le prohibieron que siguiera viendo a Pablito, pero ellos se las arreglaron para escaparse noche por medio y verse en los tapiales, cerca del viejo cementerio. Una noche, Pablito se demoró, y Julieta se sintió sola y temerosa, entonces, de la nada apareció un viejo decrépito que se acercó a la joven. Ella estaba a punto de irse corriendo. Todavía quedaban algunas luces del sol, pero entonces el viejo le dijo que ya los había visto varias veces a ella y a Pablito y que tuvieran cuidado porque ese lugar no era zona apta para la joven pareja, ya que otros poco precavidos habían sucumbido ante La muerta viva, una joven de la edad de Julieta que había sido dada por muerta y enterrada viva. Entonces se dedicaba a salir de su tumba y asustar a las jóvenes parejas del pueblo, en venganza por no haber podido tener un amor. Entonces Julieta se asustó y llamó a Pablo a los gritos, pero mirara por donde mirara, Pablo no venía. Cuando se dió vuelta el viejo ya no estaba. Julieta salió corriendo, pero como ya era noche cerrada, sin darse cuenta entró en el cementerio. Apenas se dió cabal cuenta de su terrible error cuando, caminando entre las tumbas, buscando alguna salida del lugar, y llamando a Pablo a los gritos, sintió de repente que algo le agarraba de su vestido largo, casi sin mirar, vió a la muerta salir de la tierra seca, dando alaridos de sufrimientos y aferrando su huesuda mano a la ropa de Julieta, entonces con mucho pavor, Julieta salió corriendo dando gritos de terror. Pero a los poco metros, ante la oscuridad profunda del lugar, se tropezó con una lápida y cayó al suelo. Un certero golpe en la cabeza la desmayó por completo.
Al día siguiente despertó por la mañana, con el sol del domingo a pleno. A lo lejos se escuchaban las campanadas de la iglesia y salió corriendo antes que sus padres se dieran cuenta que no estaba en su casa. Esa misma tarde fué a buscar a Pablo, a quien no había visto en todo el día. Salió avergonzado por que la noche anterior se había quedado dormido, pero Julieta no le dió mayor importancia a eso, le dijo que había visto a la muerta viva del viejo cementerio. Pablo no sabía de que quien hablaba, pero le siguió el juego. Entonces fueron al cementerio y caminaron con las últimas luces del sol, buscando el lugar donde La muerta la había atrapado, pero cuando parecía imposible encontrar, Pablo tropezó con una rama. Era un pedazo de raíz de un árbol viejo que salía hacia afuera y en la punta estaba atrapado un pedazo del vestido de Julieta. Así que ambos rieron a carcajadas, entendiendo el misterio de La muerta. Entonces cuando salieron del cementerio, escucharon la misma risa de ellos pero en cambio, a lo lejos vieron al viejo sepulturero que los saludaba y que reía llevando un gran bulto sobre su cuerpo. Ambos se miraron y salieron corriendo de ahí, tan rápido como el avestruz mas ligero. Fin"
Yo me quedé estupefacto, me había atrapado el relato, pero no me había dado mucho miedo. Le pregunté si al final Pablito y Julieta se pidieron casar, y me dijo que si, al final los padres de ella aceptaron a Pablito y pusieron una carnicería del otro lado de la sierra de los Comechingones, en Bola loma, Córdoba. Ahora eran dos ancianos. Me dijo que si quería un día de aquellos los pasábamos a conocer. Le dije que si, pero nunca me llevó.
Le pedí que me cuente mas historias, pero me dijo que otro día. Y acto seguido mi abuela trajo la cena.

1 comentario:

jose luis carmona dijo...

QUEEE BUEENO, QUE MEMORIA Y CREATIVIDAD, UN CEREBRO MAGICO....