domingo, 22 de diciembre de 2024

Campamento Krusty en Tandil




Habiendo terminado la primaria, para enero de 1997, volví a partir en campamento de verano con los Scouts. ¿El destino? Si, bueno, ya vieron, Tandil... Estaba muy contento con aquel viaje porque me sentía un Boy Scout completo. Todo el asunto de Rosarito, Nico y el deshonor habían quedado por suerte atrás. Viajamos en micro hasta la pedregosa ciudad, tierra de Del Potro y del Monte Calvario de Tandil.  
El campamento era un predio en las afueras de la ciudad. Dada la naturaleza semi montañosa de la zona, podíamos observar a nuestro alrededor grandes extensiones de cerros, montes y allá abajo, la orgullosa Tandil. Con nuestra rama (los Scouts per sé) decidimos armar la carpa un poco más alejados del resto del grupo. La ubicamos en una especie de montículo, un poco pelado de árboles y cercano a un risco. Las demás ramas estaban todas acampando en una zona un poco más baja y llana, con las carpas una al lado de otra. La actitud temeraria de nuestra locación no sé de quien fue responsabilidad. En ese momento, si la memoria no me falla, nuestros dirigentes eran Paco y el tan mencionado Pollo. Si había alguien más no lo recuerdo. En verdad, no tenía mucha onda con ninguno de los dos. Sentía que ambos me subestimaban y por algún motivo incofesable, no me soportaban. Quizás sea una paranoia mía, pero era claro que no era el favorito de ninguno de los dos. Paco era el hijo del tan mentado y venerable Bernardo, una especie de Scout vitalicio y eterno. Paco era todo lo contrario a su padre que era paciente y cordial y a veces me daban ganas de mandarlo al carajo. Pero bueno, no importa, de todos modos estábamos en manos de dirigentes Scouts experimentados. En teoría...
Creo que al segundo día de haber llegado al campamento, se desató un temporal. Pero no cualquier temporal, uno de esos que jamás se olvidan. A lo largo de nuestras vida hay miles de lluvias y tormentas, pero de la mayoría nos olvidamos. Sin embargo existe aquellas que sufrimos de una manera más directa y que nos acompañan para toda la vida. Esta fue una de (por los menos) las tres peores tormentas que viví. Más que tormenta un temporal de esos medio destructivos. A nuestra rama nos pasó por encima de una manera arrolladora. Lo que más recuerdo es el viento feroz y gotas de lluvia gordas como una pelota de fútbol. Intentamos (y éramos al menos doce o quince) sostener las carpas (canadienses y muy antiguas ya) para que no salieran volando ladera abajo. No podíamos escucharnos entre nosotros, que uno decía sostengan los parantes, que si le querías responder te entraba agua en la boca. La situación fué bastante angustiante, como toda situación en la que la naturaleza te pasa por encima y te hace sentir muuuyyy chiquitito e insignificante.
En un momento nos dijeron que soltáramos las carpas, no había nada que hacer, y rajamos hacia unos bungalows que había cuesta abajo. Recuerdo una huída de esas medio innobles, resbalando en el barro, cayendo de culo o de cara al piso, todos embarrados, derrotados, vencidos por la furia de la naturaleza en pocos minutos. En serio que el que nunca vivió algo así es difícil que pueda tener consciencia de la insignificancia de los humanos en este planeta que tan grande nos queda. Bueno, la cuestión es que llegamos todos hechos bolsa a los refugios. Pasados por agua, alguno que otro medio angustiado, con barro y frío calando hasta los huesos. No recuerdo bien la secuencia pero creo que nos mandaron a unas duchas del lugar, después nos dieron de cenar y nos mandaron a unas literas de lo que parecía un viejo hotel de estudiantes. Casi nadie tenía ganas de bromear y nos dormimos no sé como y con no sé que ropa seca...
Al día siguiente, por la mañana, el grupo se reunió en círculo en el centro del campamento. Ariel, otrora nuestro dirigente y ahora Jefe de grupo, dió un repaso de daños y perjuicios. Todos habían sufrido las consecuencias del temporal como cosas que se volaron, algunas roturas, inundaciones y alguna que otra carpa que había caído, pero era sobre todo la rama Scout la que se había llevado la peor parte. El temporal había, literalmente venido (y arrasado) por donde nosotros estábamos acampando y bajado hacia donde acampaba el resto. Ariel se lamentó de aquel impredecible suceso y del caos que había sucitado en el incipiente campamento de verano, pidió disculpas por "este campamento Krusty". En el momento me gustó la referencia al famoso capítulo de Los Simpson, me parecio atinado y nos hizo descontracturar un poco los nervios de todos. Pensar que en ese momento aquel capítulo tenía apenas cuatro años y ya parecía uno de los clásicos que todos ya habían visto. Hoy, que han pasado más de treinta años es un capítulo archi mega clásico para la Generación X y Millennials (no para Centennials).
El campamento aquel comenzó así, con percancesy pensé para mis adentros, ojalá no pase más nada. No quería más accidentes como en el anterior campamento del `95 en El Volcán. Pero el destino suele ser un poco cruel cuando uno desea algo con mucha fuerza. 
Con nuestra rama fuimos recolectando todos los destrozos y despojos que había dejado el temporal, y de a poco pudimos rearmar la cosa. Nos pusimos en medio del resto del grupo, eso de hacernos los Rambo estaba fuera de lugar. Rearmamos las carpas aunque no sé bien como porque los parantes se habían doblado y quedado destrozados. Pero de alguna manera pudimos reconstruirnos y rehubicarnos en un área más segura. Por aquellos tiempos yo andaba encaprichado con ser el fogonero de la rama, todo fuego que hubiese que hacer, queria ser yo quien lo iniciara. Sé que es un punto polémico de la historia porque después, me di cuenta que a casi todo el mundo le gusta prender fuego así que entiendo ciertos resquemores que sufrí después por mi inflexibilidad a ceder en ese terreno ígneo. Quizás sea mi naturaleza fueguina o que soy un caprichoso, pero la realidad es que cuando aprendí a encender, alimentar y manipular fuegos, ya nunca quise dejar de hacerlos. La idea de estar allí, sentado frente a esa hermosa combustión roji amarilla de la naturaleza me parecía fantástico. Mientras algunos estaban dale que dale con el Tamagotchi, yo prefería mantener con vida a esa llamita, alimentándola con ramitas. En una de aquellas noches, estábamos preparando el fuego para hacer unas milanesas. Yo cuidaba el fuego y ya le había puesto una sartén con aceite apoyada en un trípode. Un semi cerdo, enano del demonio, salió de la nada con una milanesa colgando (de forma muy endeble) del tenedor y la arrojó a casi un metro de distancia (porque se le caía) sobre la sartén. Me cayeron gotas de aceite hirviendo sobre mi brazo derecho. Me quedé petrificado unos instantes, sin gritar, hasta que vino el mismo imbécil y me pasó un repasador por el brazo. Ahí empecé a gritar. Todos vinieron y se acercaron a ver. Creo que había venido el padre de Gabo que me llevó de forma diligente hacia donde estaban los dirigentes. Nadie sabía que hacer, uno me quería tirar agua, pero el padre de Gabo dijo no. Había que tirarme Lavandina... Me hizo mierda. No sé si ese hombre me odiaba o que carajo... La cosa es que cada vez me tiraban diferentes cosas en el brazo y cada vez me dolía más. Al final, una de las dirigentes Scout dijo que pararan de tirarme boludeces ahí. Me puso algún producto para quemaduras y me vendó el brazo (en realidad era el antebrazo) con unas gasas. 
Durante el resto del campamento no pude meterme a la pileta, así que estaba como Bart cuando tenía la pierna enyesada y veía a todos divertirse en la pileta frente a sus narices. Así estuve una parte de aquel campamento y no podía menos que pensar que diablos... estaba angualichao o algo así porque siempre me pasaba algo. En El volcán el corte del pie y la cagadera, y ahora esto. Que mil demonios me llevaran. Alguien había engualichado a mi familia. Estaba convencido de eso. ¿Pero quien? Nunca lo sabremos. La cuestión es que bueno, me las tuve que apañar con todo ese asunto. Por otro lado fuímos a pasear por la ciudad de Tandil. Muy bella. Vimos el mencionado Monte Calvario donde termina en una cruz enorme. Después fuimos la cantera del Centinela, donde estan esas extrañas piedras puestas de maneras muy extrañas. El Centinela, que es una piedra alta que aparentemente era un indio, que se petrificó observando en lontananza. Y otras piedras parecidas pero quizás la más famosa es la piedra movediza de Tandil, que obviamente ya estaba caída (cayó en 1912). En ese campamento, además, estaba con nosotros el hijo de Alfredo Casero, Nazareno. El pibe había empezado a ir hacía poco y ay tenía su séquito de chupamedias alrededor. A mi me molestaba y no le daba bola, pero no que fuera el hijo de... me molestaba la actitud rastrera de algunos Scouts cholulos. Y alguno me dijo: Pero es el hijo de Casero!!! A lo que le respondí ¿Y? ¿Quien lo conoce? Y ahí quedó todo el asunto... De todos modos, era un poco más chico que yo y aún estaba en la rama de Lobatos. Después fuímos a una regalería de por allí y me acuerdo que compré un montón de souvenires para mi familia, como mini centinelas de yeso, un gaucho de madera y un montón de boludeces más. Aún conservo algunas pocas cosas de esas junto con un montón de recuerdos de los Scouts. 
Algo que sí recuerdo y que me marcó (pero no recuerdo si fue antes o después que me quemaran el antebrazo) es, una expedición que hicimos con la rama Scout fuera del campameto y a la que se llamó Viaje de supervivencia. Los viajes de supervivencia o experiencia de superviencia, consistía en irse de la zona de seguridad y confort del campamento y arreglarnosla solos. Un poco como en la película ochentera Aguas peligrosas (White water summer) con Kevin Bacon y Sean Astin. Pero sin desaveiencias, caprichos ni crueldades. Caminamos junto con nuestros dirigentes algunos kilómetros y nos internamos en una especie de bosque bastante tupido. Acampamos en medio de la naturaleza más profunda y aquello sí me pareció un toque temerario, bueno a todos. No pasó nada pero fue arriesgado. En la mañana, cuando despertamos y comenzamos a levantar campamento del lugar, estábamos haciendo pis en aquella mañana muy húmeda y nublada. Cuando vimos como una serpiente de gran corte, tamaño y colores, pasó reptando entre nosotros. Instintivamente todos nos quedamos petrificados, pasó de largo, pero podría haber sido un problema. Luego volvimos al campamento y aquello quedí ahí, entre nosotros. 
El campamento estuvo bueno, me gustó (sacando lo de la quemadura). Cuando volvimos a Buenos Aires, mis viejos me llevaron al Hospital Municipal de Quemados, ahí por la avenida Pedro Goyena. El médico miró mi antebrazo y le llamó la atención que parecía más una herida que una quemadura. Le conté como me habian pasado y puesto de todo. Era una quemadura de segundo grado. Me dieron instrucciones de limpieza y cuidados en el mes siguiente. A los pocos días, me fuí con mi hermano y mis abuelos paternos a Merlo, San Luis que no íbamos desde el `94 cuando pasó el asunto de la gitana. En fin, esa "cicatriz" en el brazo la tuve como cinco años, hasta que la piel cambió y desapareció del todo. 

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