Barto nació en el seno de una familia humilde de Brattislava. Sus padres eran dos nobles campesinos que se ganaban la vida amasando y vendiendo pan.
Pero que Sea el Sol, gritaba el viejo Sanedrin mientras pitaba su pipa por las tardes-
Loado sea el señor, por la cosecha y el amor- repetía Camelia por las mañanas.
Los tres vivían una vida tranquila, sin sobresaltos. No había riquezas pero nunca faltaba el pan en la mesa. Podría decirse que eran felices con lo poco que tenían.
Barto era consciente de que- dadas las circunstancias -no tenía grandes motivos para quejarse de su suerte. Al menos sus padres, eran dos campesinos del sol. Amables y tiernos.
Pero Barto no sabía que tenía plantada la semilla de la inconformidad muy dentro de él. Y al llegar a la adolescencia, de un día para el otro, comenzó a quejarse de la comida.
Estoy harto de comer pan relleno! Dijo de golpe un día en la mesa. Sus progenitores se miraron confundidos. La madre le ofreció semillas de girasol.
No quiero nada de esas cosas feas- cruzado de brazos y mirando hacia el centro de la mesa.
El padre, trató de mantener la compostura, pero a la vez su firmeza. En esta casa se come lo que hay señorito, y si no le gusta, pues haga usted mismo la comida. Que ya bastante grandecito es...
Barto sintó que algo se fracturaba irremisiblemente dentro suyo. Como un dique que lleno colpasó y desbordó de manera brutal.
Esta familia no sirve. No me gusta. No me dan lo que quiero. Necesito libertad para elegir una familia donde nadie me lleve la contraria.
Sus padres quedaron completamente descolocados. No sabían que decir, ni como actuar ante esta nueva actitud de su hijo. Intentaron preguntarle que le pasaba, pero Barto dijo que no sabía y luego se calló para no hablarles más. Se encerró en su cuarto y escribió una larga carta muy chiquita. La dobló en mil pedacitos y luego se la colocó a la paloma mensajera. El ave salió volando con total y absoluta diligencia. Un mensaje en una botella, pensó el Barto y cruzó los dedos.
Los días que siguieron fueron de absoluta obediencia y autocontrol. No armó más escándalo pero a las preguntas de sus padres, se mostraba esquivo y distante. No quería congeniar con ellos para así no darles poder sobre él. Manteniendose misterioso hacía que ellos no pudieran desarticular su propósito.
Por las noches, la madre lloraba muy bajito, acodada en el hombro del viejo Sanedrin. Barto escuchaba las lamentaciones y el sufrimiento de sus padres, pero no hacia caso. El corazón del Barto se había endurecido de un día para el otro y sin razón. A menos para los padres, que no entendían en que le habían fallado, más que en ser simples. Barto tampoco sabía a ciencia cierta que le moestaba de ellos, pero estaba seguro de que no quería abrir su corazón con ellos. De alguna manera los acusaba de ser responsables de su repentina infelicidad.
Un buen día de esos, un carruaje fastuoso, como nunca se había visto por aquel lado de la pradera, se detuvo frente a la humilde casa de los campesinos. Salieron ambos y consultaron al cochera si quería entrar, pero este no habló. Señaló hacia el coche cerrado donde un hombre de bigotes finos y monóculo mencionó el nombre de Barto.
Ante la mirada atónita de sus padres, Barto salió de la casa con lo que parecía un bolso con sus cosas. Algo que evidentemente ya tenía preparado de un tiempo a esta parte. La madre trató de detenerlo pero el Barto casi no los miró. Antes de subir al coche de su nuevo benefactor, se dió vuelta y un atisbo de piedad por sus padres se cruzó por su alma. La madre lo miraba con lágrimas en los ojos y el padre le pedía con la mirada que reconsiderara aquella irremediable decisión.
Pero Barto, cuanto más le pedían piedad, más duro y frío se volvían su corazón. Hizo una leve inclinación con la cabeza y sin poder contener la maldad le lanzó la última afrenta a sus desconsolados padres: Gracias por haberme dado de comer estos años. Aunque siempre fuera lo mismo. Hicieron lo que pudieron, pero yo necesito otra cosa. Necesito más y mejor... No quería decirles nada para no lastimarlos, pero bueno... sepan eso. Los libero de cualquier tipo de responsabilidad conmigo. No me busquen porque no estaré nunca más para ustedes. Sean felices con lo que tienen y dejenme a mí ser feliz como yo quiero. Adiós!
Y dicho esto cerró con un portazo el carruaje y le dijo al cochero: Vámonos de aqui. El coche arrancó veloz y furioso y Barto no se dió vuelta para ver a sus padres que lo veían alejarse con el corazón estrujado y la cara arrazada por un mar de lágrimas.
Por las noches, Camelia hacía el pan y Sanedrin miraba un guantecito que había quedado de cuando Barto era chiquito. La casa había quedado sumida en un silencio demoledor.
Barto se instruyó con su León, su nuevo padrastro, al que no tardaría en decirle padre sin problema, en todo tipo de materias comerciales y luego industriales. Siguió los pasos de aquel comerciante para de a poco ir convirtiéndose en el hombre de negocios que quería.
El tiempo le jugó la pasada de tener que vivir con su padrastro hasta que este murió a muy avanzada edad. A ese tiempo, Barto tenía una pequeña pero nada despreciable fortuna. Andaba por la ciudad como un gran señor de sombrero de copa, barba y gabán.
Tuvo algunos amoríos pero ninguna mujer podía satisfacerlo. Los años lo habían convertido en un ser cauteloso por no decir receloso del género opuesto. Veía a las mujeres como tepadoras y oportunistas que sólo estaban con él por su plata. Y así se fué convirtiendo en un hombre taciturno y solitario, tal cual lo había sido su padrastro.
De a poco lo material comenzó a convertirse en un amargo sustituto de los afectos. La soledad y la falta de amistades reales o de fieles amores, lo tenían con un vacío que no estaba dispuesto a admitir del todo.
Una mañana que paseaba por la calle comercial de la ciudad, le pareció conocida una viejita que daba de comer unos pajaritos, al borde de la vereda.
Camelia! Dijo mientras se acercaba a la asustadiza anciana que de inmediato se alejó.
Aquella dulce anciana le había hecho acordar a su madre. Pero era tan parecida como cualquier anciana que se cruzace. Entonces se reconoció que algo en él pujaba por salir.
Al volver a su mansión le pidió a su cochero que lo llevara hasta una determinada parte del campo, por fuera de la ciudad. El cochero se alarmó por ser este un pedido tan inusual en su amo, que nunca salía de la ciudad.
Cuando llegaron al lugar indicado, Barto se dió cuenta que ya no había casas aisladas en medio de la pradera, sino barrios bajos. La urbe había llegado de a poco al campo. A Barto le costaba reconocer una casa de otra. Hasta que finalmente después de algunos tramos sin casas, apareció su antigua casa.
Un poco deteriorada pero aún con vida. No sabía que decirles, pero estaba casi seguro de que quería darles un abrazo.
Indicó al cochero que lo esperara y este asintió sin entender mucho. Barto caminó por la vereda hacia la puerta y golpeó con su bastón, tres veces. Recordó el viejo mosquitero con herrumbre y pensó que el corazón le latía a mil, al escuchar pasos que se acercaban.
Salió una viejita y Barto gritó directamente Mamá!
Pero atrás de la viejita apareció una mujer de mediana edad, maciza y con un bebé a cuestas.
Barto preguntó por Camelia... por Sanedrin...
La mujer negó conocerlos y ya estaba por cerrarle la puerta en la cara cuando Barto insistió. Eran sus padres y él... había estado de viaje... demasiado tiempo... dijo como tratando de buscar una excusa en el abandono de sus padres ante una desconocida.
La mujer lo miró seria, pero pensó unos segundos. Habían vivido antes ahí, una pareja de viejos. Pero habían muerto hacía años. Como el gobierno no encontró a su único hijo, puso la casa en venta y ahí llegaron ellos. Pero era todo lo que sabía. La mujer le dió sus condolencias y cerró.
Barto salió caminando de ahí con una rara sensación. Subió al coche y pidió llevarlo al Ayuntamiento. Buscó desesperado información de sus padres y al fin encontró lo que buscaba: Habían muerto hacía veinte años. Primero Camelia y a las pocas semanas Sanedrin. El informe decía que ambos ancianos destaban muy descuidados, al borde la inanición. Posible causa: hambre. Se detallaba lo extraño de dos campesinos que siempre habían sido pródigos que murieran de hambre. Pero como eran pobres, a nadie más le importó. Al no tener a nadie que reclame por ellos, sus restos fueron a parar a una fosa común sin nombre.
Barto estrujó el breve informe de un párrafo y sintió como una puñalada al corazón. Un dolor profundo y terrible que le impedía siquiera llorar. Porque si bien, aunque se decía que sus padres hubieron muerto de hambre, Barto sabía en su interior que él los había matado antes... destruyéndoles el corazón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario