Nunca tuve perros, siempre fui gatero (en el sentido más felino del término)
Nunca corrí, siempre cobré.
Nunca tuve mucha pasión por el género canino, esa es la verdad
Siempre me dieron miedo sus dientes y sus fieros ladridos.
Pero tuve a Rulito, que fué un perro matrero
y esta es su historia.
Cuando llegué a Merlo (San Luis) por primera vez, todo era barriada y tranqueras.
Me llevaron mis abuela y su marido. Allí nos esperaba un perro muy jovencito y ladrador.
Era el invierno de 1991 y mientras el mundo caía en la hegemonía capitalista y neoliberal
a mí me llevaron a conocer el campo. Para ver si se me quitaba el asma.
Cuando llegamos apareció este perro raza perro, que era un alfeñique como yo.
Con manchas como una vaca, un poco cimarrón.
Me dió miedo su recibimiento. Ladridos y dientes voraces vaticinaban una relación difícil.
Pero el perro se acomodó rápido. Y yo también.
Lo primero que me dió confianza fue su nombre. ¿Por qué se llama Rulito? pregunté
Se llama Rulito porque cuando apareció, tenía un rulito en la cabeza y ese fué el nombre que le puso Miguelito.
Miguelito era el vecino que vivía con su mamá en el fondo, en una casita modesta y frugal.
Nos hicimos amigos pronto. él era un hijo natural del campo. Yo no sabía lo que era eso hasta mucho tiempo después.
Juntos nos dedicamos a hacer todo tipo de correrías por los campos aledaños.
Jugábamos a los bandoleros con pistolas de cebita.
Rulito siempre conrría con nosotros. Era un perro gauchito y compañero.
Volví otros veranos después. En el 94 junto a mis padres y hermano.
Rulito siempre estaba ahí, presto a mostrarnos sus fechorías.
Una mañana, encontramos una pata de cabra en medio del jardín.
Rulito posaba a su lado, como mostrándonos un trofeo.
Nunca supimos de donde se robó tremenda presea, pero Rulito era así. Salvaje y querendón.
Luego volvimos con mi hermano y mis abuelos en el 97.
Rulito nos acompañaba a donde sea que fuéramos con mi hermano.
En el 2003 fuimos con mi hermano y uno amigos nuestros por última vez.
Rulito estaba viejo y cansado.
Sabíamos que, dado que iban a vender la casa pronto, probablemente los veríamos por última vez.
Así fué, nunca volví a ver a Rulito después de ese verano.
Pero que puedo decir.
Rulito fué lo más cercano a tener un perro en mi vida. Lo vi en el 91, en el 92, en el 94, en el 97 y en el 2003.
Cinco temporadas y él siempre fué el corazón de aquella vieja casa de Merlo en San Luis.
Sé que Rulito hace tiempo se fué al cielo de los perros.
Pero nunca, nunca olvidaré su desparpajo, sus calidez y su confianza con una familia porteña que iba cuando se podía y le daba mimos y cachos de carne para ser feliz.

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