viernes, 5 de agosto de 2016

Bernardo


Cuando conocí a Bernardo, el hombre ya era viejo. Mi primera impresión fue la de un señor muy sabio y venerable, que de seguro tendría algún tipo de cargo dentro del grupo. 
Me había acercado con mi padre un sábado a la tarde al grupo scout del barrio, y parecía que se encontraban de reparaciones, por un acto vandálico. 
Salió a nuestro encuentro Bernardo, con la cara llena de polvo y los anteojos con un vidrio roto. Pero su cara era la de un hombre amable y tranquilo. Por entonces yo tendría nueve años. Siete años después yo dejaría de ir al grupo, pero Bernardo estaría igual. Un hombre mayor de edad indefinida. Los años no pasaban para Bernardo, que siempre fué "el viejo". 
Por un par de años no lo vi, y un día me lo crucé, el mismo viejito sonriente de siempre. 
Yo fui creciendo cada vez mas, hasta el día de hoy que tengo casi treinta tres años, vivo solo y soy padre soltero. 
Tengo algunas canas, estoy mas rellenito, tengo barba, menos agilidad, ya no hago deporte y ya tuve mis primeros cólicos renales. Claramente estoy creciendo-envejeciendo. Dentro de los parámetros de lo normal claro. 
Hace poco me crucé con un viejo amigo del barrio de mi infancia. Me dijo que se lo cruzó a Bernie. ¿Y que tal? ¿Como está el viejo? Pregunté.
Psé... Igual que siempre. Viejo. 
Y claro, para algunos, el tiempo no pasa.  Yo creo que Bernardo encontró, y es para destacar, la fórmula de la eterna ancianidad.