jueves, 10 de marzo de 2011

A carnival tale


LOS NEGROS DE IRALA:

Dicen que allá, donde nace la calle Irala, desde Av Martín Garcia, frente al Parque Lezama, vive una comunidad de negros, muy famosos, que tienen el mote de los famosos "negros de Irala".
Cuenta la leyenda barrial que los primeros habitantes de color de dicha calle vinieron de un pequeño país africano llamado Burundí en la África meridional y que fueron esclavos hasta la liberación, cuando algunos se volvieron a su país de origen y otros se instalaron en lo que hoy es la calle Irala, en el límite de los barrios San Telmo, La boca y Barracas.
Otras teorías dicen que son refugiados senegaleses, que escapando de las guerras fratricidas de su país vinieron a este país buscando la Meca del oro, la cual encontraron finalmente en la calle Irala que en senegalés significa la dorada.
La teoría mas común y popular es que son uruguayos, que vinieron a finales de los ochentas escapando de un mal momento económico y se establecieron en una zona cuasi portuaria como acostumbraban en su Montevideo natal.
Algunos cuentan que entre las varias familias que se asientan en dicha calle porteña, vive un viejo shamán, le dicen "el gran calavera" y es el que oficia las bodas y ceremonias de la pequeña comunidad. Muchos cuentan que en sus años mozos bailaba al frente de la batucada por las calles de la vieja ciudad en Montevideo, con una enorme galera negra, un bastón azul marino muy brillante y una barba blanca postiza hecha de hilo de macrame.
El gran calavera era alto, lungo, flaco y de una tez marrón cobriza, como si viniera del desierto, y sus ojos eran chiquitos y hundidos como si te mirara desde lejos.
Se dice que su apodo es por un viejo rito vudú donde al ser iniciado shamán se le cuelga al "novicio" una pequeña calavera plateada de un collar y al haber sido iniciado de muy joven, ésta le quedaba demasiado grande para su fisonomía juvenil.
También están quienes dicen que simplemente es por su aspecto físico y nada mas, pero estos son los mismos de siempre, carentes de imaginación y alegría.
En aquellas épocas todos eran felices con los carnavales populares y el "gran calavera" siempre era sensación en dichas festividades. Cuando pasaba todos hacían una modesta reverencia, incluso algunos blancos respetuosos. Había quienes daban hasta sus hijos para que los bautizara, aunque esos si son cuentos sin confirmar.
Hubo un tiempo en que los corsos fueron prohibidos y los candombes pasaron a la clandestinidad, en esos tristes años, cuando las risas y aplausos se apagaron, nadie ya se acordó del "gran calavera" y pasó al olvido.
Después de unos años de silencio apareció de nuevo pero estuvo poco tiempo, había quienes no sabían quien era, por el cambio generacional que había acontecido en ese tiempo.
Pero entre los mas grandes su perfil tenía ya talla de mito, entonces fue que en una época en que el Uruguay no andaba muy bien economicamente desapareció de su ciudad de origen y si fue a Buenos Aires. También se manejan los rumores probables de que en realidad acompañó a su sobrina que lo cuidaba, quien consiguió un buen trabajo allí.
De todos modos "el gran calavera" no perdió su peso de mito y personaje barrial, al poco tiempo toda la comunidad afroamericana del calle Irala se ganó la atención de los porteños, poco acostumbrados a ver gente de color y su perfil de viejo shamán no tardó en circular por el arrabal.
Muchos jóvenes "neo hippies" y "rastas" cayeron a lo largo de los últimos veinte años para pedirle al viejo yerbas medicinales y pases mágicos, pero "el gran calavera" no manejaba yuyos ni cosas por el estilo, solo tenía un jarabe hecho de hojas para la tos, que dejaba el aliento un tanto fuerte.
No, la magia del viejo shamán pasaba por otro lado, su gran arte consistía en alegrar todos los carnavales, y no solo los de febrero sino los que hacían de forma mas privada los negros de la calle Irala a lo largo del año, sin que la vecindad se entere de nada.
Su magia era estar ahí, mirar pasar las comparsas, mover su viejo bastón con pequeños sonajeros a los chicos que pasaban cerca a mirarlo y si tenía fuerzas pararse un poquito, ponerse una vieja galera y dar unos pequeños pasos al son de la murga que era donde entonces todos estallaban en aplausos, fotos y reverencias.
Dicen que todavía uno lo puede encontrar para estas épocas de carnaval, por la calle Irala, mirando la comparsa, con sus ojos chiquitos, su rala barba blanca (esta si real), sentando en una silla de mimbre y apoyado en su viejo bastón, rodeado de muchos nietos y sobrinos nietos.
Hay quienes dicen que pasaron por ahí y no sólo no encontraron al viejo shamán, sino que no vieron comparsa alguna ni gente de color, pero la realidad es que la gente cuenta muchas mentiras. Si fueron y no los vieron es por que ahí no estaban, se equivocaron de lugar. Los negros de la calle Irala están, y el viejo "gran calavera" siempre oficia las fiestas, tan cierto como que lo estoy viendo ahora mismo, bailando bajo la luz de la luna.
Fin.

2 comentarios:

Gaviota dijo...

aaaaaahh!
que buen relato y para ser sincera, me gustaría estar por ahí.
Saluditos!
me extrañaste?
yo si!

santiago dijo...

Hola!! gracias ;) me alegro que guste.. y si, la verdad que te extrañé..
sos mi lectora fiel
=)
beso from Argentina to Mexico!