Había una vez... un señor muy extraño. Su nombre era Boltraffio, y él nunca quiso que el mundo cambiara sin su consentimiento. No podía tolerar los cambios inherentes del mundo porque sentía que no le habían consultado al respecto. Muchos piensan que esto es un chiste, pero el asunto es de lo más serio... y triste.
Él decía que venía de los campos, las barracas, los suburbios... en fin, que venía de abajo.
La otra cosa que tenía bien clara es que odiaba a los jóvenes. En realidad al cualquiera más joven que él, pero sobre todo a los más jóvenes. Los odiaba con todo su ser, porque el tiempo lo estaba derrotando, destruyendo en mil pedazos, y no hay nada peor para un egomaníaco narcisista que la pérdida de su juventud, su llegada a la chochez, a la imbecilidad de la tercera edad, sobre todo cuando nunca te cuidaste en tu vida. Como si nunca hubiera un mañana. Porque él se sentía el más importante, el más poderoso e invencible, que la edad a él nunca le iba a pasar factura. Porque siempre se creyó especial, porque a costa de cagar a otros llegó tan lejos y se mantuvo, y eso le hizo pensar que podía vencer a la vejez, a la muerte y a que el mundo siga girando sin él.
Eso, de alguna manera, sentía Boltraffio que lo habilitaba para recordarle al mundo que él no le debía nada a nadie. Que lo que consiguió fue todo por mérito propio, pero solía sacarle mérito a la gente que trabajó tanto o más que él y a los que les debía parte de su posterior riqueza. Y otra gran parte a la suerte que lo había acompañado en varias ocasiones. Cosa que, es sabido, es más una lotería que un destino manifiesto.
De todos modos, Boltraffio, sentía que todos le debían a él. A sus empleados los explotaba pero aún así él sentía que ellos tenían el honor de trabajar con él, y nunca que él podía mantener su status quo gracias a la explotación y el trabajo denodado de ellos.
Boltraffio era un personaje muy curioso. Para él todo era un slogan que sonaba rancio, que atrasaba sesenta años, y del cual el mundo nada sabía. Sentía que todos los que nacieron después que él eran todos y que no sabían nada sobre la vida. Que él los daba vuelta veinte veces, porque era un campechano que llegó a la gran urbe y se los comió a todos, de canchero y pasado de sí mismo que era.
Pero pobrecito Boltraffio, él nunca se dió cuenta que apenas era una pelusita m{as, perdida en la inmensidad de un mundo que nunca pudo conocer de verdad.
Agarrado a sus bienes como si fueran su mayor logro, cuando en realidad nunca vio a los que lo rodeaban, al resto de sus congéneres. Para él solo existía defender su abolengo y ganar siempre el mejor precio. Un Fenicio de profesión, un fariseo por convicción.
Para cuando estaba en el ocaso de su vida, sólo dos cosas tenía claro el pobre Boltraffio. Que el mundo había cambiado tanto que ya no lo reconocía, que ya no era parte del mismo, pero a la vez le parecía algo inconcebible, por lo que dijimos al principio. Alguien había decidido cambiar el mundo, pero no le habían pedido su autorización, y algo que odiaba con todo su ser era no ser consultado, no ser tenido en cuenta, porque Boltraffio sentía que, de alguna manera, había colaborado con el mundo. Él se sentía inmortal, imperecedero, grande como Alejandro, y uno de los ciudadanos más ilustres de la ciudad que le dio cobijo y oportunidades a granel.
La otra cosa que tenía bien clara es que odiaba a los jóvenes. En realidad al cualquiera más joven que él, pero sobre todo a los más jóvenes. Los odiaba con todo su ser, porque el tiempo lo estaba derrotando, destruyendo en mil pedazos, y no hay nada peor para un egomaníaco narcisista que la pérdida de su juventud, su llegada a la chochez, a la imbecilidad de la tercera edad, sobre todo cuando nunca te cuidaste en tu vida. Como si nunca hubiera un mañana. Porque él se sentía el más importante, el más poderoso e invencible, que la edad a él nunca le iba a pasar factura. Porque siempre se creyó especial, porque a costa de cagar a otros llegó tan lejos y se mantuvo, y eso le hizo pensar que podía vencer a la vejez, a la muerte y a que el mundo siga girando sin él.
A menos que seamos un sueño de Boltraffio...
