El tipo se levanta y dice, hoy no se trabaja. Hoy es día no laborable. Puedo hacer lo que quiera.
Se mira en el espejo. Se ve demacrado. Los años han hecho estragos en su rostro otrora juvenil.
Como siente una profunda rabia hacia el destino, decide que él es dueño de su destino.
Nada ni nadie se va a interponer en sus asuntos. Él decide lo que está bien o mal. Lo que le importa o no.
Entonces decide darse un baño y salir a pasear porque la ciudad le pertenece.
Desde que sale nota mucho movimiento. Sabe a donde va la gente. Pero eso a él no le importa porque los fantasmas del pasado no lo asustan. A él no le hicieron nada, ni a su familia, asi que... que importancia tiene.
Al bajar a la estación, el andén está casi repleto. Algunos cánticos acompañan la pueblada. Pero él se vino preparado. Saca su auriculares y pone música al taco.
Cuando llega la formación se da cuenta que llegar a su destino le va a costar. Piensa que podría haber ido para cualquier otro lado, pero se dijo... yo no voy a cambiar mi paseo por los demás. Y apretujado, subió con el resto a la lata de sardinas.
Dentro fue aún peor. La gente no paraba de subir, estación tras estación. El calor humano. El olor a chivo, los cànticos políticos que él, siente, no le competen.
Cada cual que haga lo que quiera, se dice... yo quiero llegar al bajo y mi camino usual es este. Si los demás también quieren ir para el mismo lado es problema de ellos.
No le importó no pagar el pasaje por el mismo hecho de ser un día de importante conmemoración en su país. Nada le importaba que no fueran sus cosas. Y menos aún cosas del pasado que él no vivió.
Mientras la gente cantaba, los apretujamietos le sacaron el cable del teléfono y tuvo que hace mitad del viaje sin música. Insultó a todos esos energúmenos, pero lo hizo para sus adentros. Por las dudas.
Al final, cuando el viaje no pòdía hacerse más largo e insoportable, la mayoría de la gente bajó en la anteúltima estación llevándose sus cánticos, sus pancartas y su olor a chivo. Se lo llevaron puesto pero no le importó. Ahora ya estaba libre de aquello que lo importunaba, porque eran ellos los desubicados, no él.
En el último tramo hasta la estación final, él observó a una chica que como él, no llevaba pancartas, no emitía canticos desaforados, no le importaba en absoluto el contexto. Para ella, tanto como para él, lo que pasara en el mundo con los demás no era de su incumbencia. Ellos si eran humanos, individuos pensantes, librepensadores. No eran rebaño como el resto. Ellos sí eran diferentes a los demás, y eso los hacía mejores.
Cuando está por bajarse piensa en hablarle, en decirle que él también es distinto que el resto. Que no le importa lo que piensa la mayoría sobre una fecha... él no deja que otros piensen por él, que le bajen línea tal o cual pensamiento. Él piensa que se los come crudos a todos... y quizás ella sea como él, quizás puedan juntarse y compartir su desprecio por la manada.
Salen y él camina tras ella, piensa en hablarle, se acerca más y más, mientras caminan por el largo pasillo hasta la salida del fondo. Pero ella se da cuenta de su presencia y comienza a acelerar el paso. A él, esta actitud evasiva lo hace enojar mucho. Se siente respreciado, desvalorizado, dejado de lado. Y entonces es cuando arremete, la toma del brazo y la zamarrea mientras piensa a los gritos No me ignores hija de puta, no me ignores!!
La chica se desvanece del pánico y de la nada sale un policía que en dos movimientos lo reduce, haciéndolo caer al piso donde se golpea la cabeza.
Al despertar está en un destacamento del centro, sentado en un sillón, esposado y rodeado de agentes. Una de ella le toma declaración a la chica que zamarreó. Dentro de su cabeza resuena una frase que lo atormenta desde hace años, desde que decidió dejar de sentir empatía. Una frase que no le pertenecer pero que es de todos... y más ese día.

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