Estaba mas bueno que chuparse un candelabro con los dedos del pie. Pero Jorge Fritos no suele estar en casa, porque allí el musgo es inmundo. Mundos In mundos. Quizás, Jorge Fritos sea un poco ingenuo en lo que respecta a los intereses de la humanidad, pero lo que pasa es que él no cree en la humanidad. ¿Que hizo la humanidad por él? ¿Que hizo por alguno de nosotros? Este es un canto a la feijoada, porque no entiendo un pepino de portugués y mañana a la noche voy a tener una 'hot date' con una chica brasilera. Hace veinte años debuté con una chica brasilera. El círculo de Baba se cierra. Ahora siento que el hombre que vive allí, es un psicópata pero sólo porque se ríe de sus torturados recuerdos, de su doloroso pasado, cuando le carcomían la mente los dolores por la agonía de vivir, por amar y ser torturado por una vida conflictuada, una vida lacerada por los encapuchados de un mundo viejo. Estamos rotos, decimos, estamos enfermos, perdonennos, perdon en nos, si? Pero no, no nos perdonamos un carajo, entonces el hombre vive ahí, confusión será su epitafio. Como el de Gregorio Lago, como el de Ricardo Masnegro, como el de Roberto Gomez Bolaños, o como el malogrado Andrés Escobar. Todo es una fake news, dijo el droguero al drogador, y en en este carrousell de la vida en el cual damos vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y ya me mareé... Pero es normal que se venga el mareo, porque no entendemos nada al respecto de consignas y tareas. Tuvimos una semana tan dura que no podemos pensar en sujetarnos a consignas pretenciosas, (lo siento mi chica del Brasil). Pero todo se acaba, mal y pronto. Disculpá que te lleves un chasco, pero el que avisa no traiciona, dicen los traidores ante el pabellón de fusilamiento del coronel Aureliano Buendía. Pim pam pum. Adiós. Ya morí de espaldas nena...
Perón cumple, Evita dignifica. Ahora, todos los viernes a la noche, Jorge Fritos, llega a su rancho relaxo y se tiende sobre su cama de musgo latino inevitable. Todo es desidia, todo es decadencia, todo es destrucción. A nadie le importa si yo cuido mi flor, yo la protejo contra el viento. No necesito drogarme para hablar en modo delirio. El exceso de trabajo después de estar casi dos años mirando el techo, puede volver loco a cualquiera. Hasta a Santos. Dumont. Una vez tuve una novia que me decía que me parecía a Santos por el pelo corto y los anteojitos. Era su forma de ratonearse conmigo y así después coger con más ganas. No la culpo, ¿quien puede enamorarse de una oruga? ¿Y de una mariposa? Pimientos, ponedle alas, son mariposas. Arrancadselas y ya sabreis lo que eis, por Zeus. Ahora, zumba la leche, no siente dolor. El viejo Jorge mira por la ventana y como en el cuento anterior, ve pasar un globo aerostático con luces de neón que anuncia cerveza Duff y el fin de los tiempos venideros. ¿Alguien penso que algún día el tiempo no va a existir más? Algún día el cronómetro del universo volverá a cero, debido a la entropía y bla.lunes, 30 de agosto de 2021
Podes pasar al confesionario
jueves, 5 de agosto de 2021
El último tren a San Luis
Era 1991, tenía siete años y me encontraba cursando
segundo grado donde no daba pie con bola. El colegio me parecía un martirio
diario y encima de todo, como me pasaría seguido en mi vida, convertía todo ese
malestar en una patología. En este caso fue un bronco espasmo fuerte o un asma
leve. Me quedaba sin aire, por momentos me costaba mucho respirar y tenía unos
ataques de tos insoportables. Entonces vinieron las nebulizaciones en unos
aparatitos con una escafandra de goma verde que detestaba, sobre todo por el
olor de la medicina que tenía que respirar, mientras veía los dibujitos y
trataba de no pensar que al día siguiente debía volver al colegio. Mi situación
digamos que continuó estable, pero no lograban sanar mi problema pulmonar. Mi
pecho silbaba por las noches, como si tuviera un duende adentro, que me quería
llamar la atención a todo momento. Sobre todo a la hora de acostarme y cuando
me ponía en posición horizontal. La cosa parecía que no iba a mejorar, hasta
que a mis padres les recomendaron un joven médico homeópata que había atendido
a mi abuela y al parecer era bastante bueno. Entonces fue que nos acercamos a
su consultorio que en ese momento quedaba en el barrio de Constitución en una
antigua casa remodelada.
Cuando conocí a Darío, tuvimos buena onda de entrada.
Además, me encantó su lugar de trabajo. La secretaria era una mujer grande, una rubia veterana bastante copada. El tipo era una mezcla de Cerati y Mr Bean. Alto y todo
un caballero. Me hizo preguntas que nunca un médico me había hecho. Hasta cosas
como si le tenía miedo a la oscuridad. Respondí con verdadera honestidad y
algunas cosas que hasta mi madre se sorprendió, a lo que él contesto que era
lógico que se lo dijera a él porque después de todo era “el tordo”.
Cuestión que me dio una serie de globulitos que es una
medicina que viene en bolitas chiquitas que se toman de un saque o se disuelven
en un poco de agua. De a poco empezó el tratamiento homeopático. Además, el
tordo, le sugirió a mi madre que me llevaran de vacaciones a algún lugar de
clima seco, y que me consiguieran una mascota. Lo de la mascota tardó tres años
en llegar, pero el viaje se hizo realidad en breve. Mi abuela, que se había
atendido previamente con el tordo, estaba recién casada en segundas nupcias con
un hombretón de San Luis, merlino para ser más precisos, y como éste tenía una
casa allá, surgió la idea y posibilidad de que me llevaran para las vacaciones
de invierno de aquel año.
1991 fue un año muy famoso en muchos aspectos. Cayó la
Unión Soviética y el capitalismo se afianzó en casi todo el mundo con el tristemente
célebre conceso de Washington. Por otro lado, salieron discos de rock tan
importantes como casi desde 1973 no pasaba, Nevermind, El albúm negro, Ten, Use
Your Illusion 1 y 2, Pelusón of milk, bueno y etc, etc, etc.
Además de estos y otros datos de color, el año 1991
trajo una inédita ola polar sobre Argentina. Con temperaturas extremadamente
bajas y tremendas nevadas inéditas en lugares como Córdoba y Mar del plata. En
medio de ese contexto de un año bastante particular, yo me embarco en mi primer
viaje sin mis padres. La aventura consistía en un viaje en tren con mi abuela y
su esposo a quien en ese momento estaba conociendo de a poco.
Cuando llegó el día, una noche de julio, recuerdo que
mi viejo me llevó hasta la estación de Retiro desde donde partía el tren a San
Luis. No recuerdo bien cuál de las tres estaciones de trenes era pero, si no me
equivoco y por lo gran que me parecía todo, era la estación Mitre y el tren
salía desde el extremo izquierdo de la estación. Allí nos encontramos con mi
abuela y su flamante esposo. Yo estaba bastante emocionado por el viaje y
recuerdo que mi viejo, antes de despedirse, fue a algún kiosco que habría allí
dentro y me trajo un revolver de plástico, de esos a cebita ¿tan de moda en
esos tiempos? La cuestión es que me despedí de padre con un poco de nostalgia
pero contento. El viaje empezó y era una experiencia nueva para mí. Si bien ya solíamos
ir a Mar del plata en tren, ahora era sin mis padres o hermano, sólo yo y mis
abuelos, además de un nuevo destino. El país se habría para mí como un
territorio nuevo e inexplorado para conocer. Era mi primer viaje a otra
provincia y quizás el viaje que marcaría mi amor por viajar para el resto de mi
vida.
Recuerdo muy claro esa noche. Mientras el tren
avanzaba en la oscuridad, adentro nos preparábamos para cenar. ¿O habíamos ido
cenados? Yo estaba impaciente, sentado al lado de mi abuela, no dejaba de mirar
mi revolver de plástico y espiar la oscuridad de la noche campera por la
ventanilla. Pasó una especie de azafato del tren, con gorrita y guarda y todo,
que nos iba entregando una frazada y una almohada a cada pasajero. A poco de
terminar su recorrida, se apagaron las luces y de a poco me sumí en un sueño
sin sueños, cargado de anhelo y expectativa.
Por la madrugada mi abuela me despertó y bajamos del
tren casi a las corridas. No tenía muy claro en donde nos encontrábamos pero al
parecer aún no habíamos llegado a destino. Por otra parte, caminamos algunos
metros y nos dirigimos directo a un micro que parecía estar esperándonos. A los
costados del camino había nieve, pero no me animé a ir a buscar un pedazo
porque esperé encontrarla más adelante. Dentro del micro, más apretujados,
continuamos con la odisea. Todavía era de noche y veía como por la ventanilla
caían copos de nieve. Me dormí con esa imagen.
Para cuando me volvieron a despertar sí habíamos
llegado a destino. Estábamos en Merlo, San Luis, la villa más famosa de la provincia
por su conocido “microclima”. El lugar no me pareció increíble al principio,
pero luego me encontré con esa valla imperecedera de cadenas montañosas, lo que
no era ni más ni menos que las “sierras de los comechingones” y aunque ya
conocía Sierra de los padres, esto era definitivamente distinto. Mucho más
impactante y majestuoso. Pero lamentablemente, en Merlo lo único que no me
esperaba era la nieve, que ese invierno parecía estar invadiendo buena parte
del país. Sin embargo, eso era lo de menos.
Cuando llegamos a la casa, estaba conmovido. Era una
casa muy distinta a la de mis otros abuelos en Mar del plata. Esta era una casa
más de campo, con más madera que piedras, con una tranquera y un camino de
tierra. Pero a las pocas cuadras ya empezaba el pavimento. Nos recibió un
perrito a puro ladrido. Estaba bastante nervioso y enojado en lo que entendía
que era su labor como perro guardián. Al principio le tuve miedo, pero después
nos hicimos amigos. Entendí que Rulito (el nombre del perro) era un cachorro
que había encontrado hacía poco el chico que vivía con su mamá al fondo de la
casa, algo así como los caseros del terreno. Llegamos y nos acomodamos en los
aposentos. Mi pieza era enorme, casi el doble de mi pieza en capital con mi
hermano. Y acá era todo para mí. Pero estaba consternado, no sabía qué hacer
con tanto espacio, y además hacía un frío tremendo. Pero era un frío diferente
al de Buenos Aires, era un frío más intenso pero amigable, solo te exigía
respeto abrigándote ante él. Después de eso, estaba todo bien. La humedad no
era la característica de la región, por suerte para mí y mis pulmones que
necesitaban un descanso después de casi un año padeciendo. De todos modos tenía
mis globulitos que mi abuela me administraba religiosamente, como así también
me hacía rezar todas las noches y dar gracias a Dios y yo bueno, tenía siete
años…
De a poco empecé a conocer el lugar que me rodeaba, el
jardín, los límites de mi nuevo mundo, la ligustrina que nos separaba del resto
y sobre todo a Miguel, el pibe del fondo que era uno o dos años más grande que
yo, que parece poco pero a esa edad era un montón. Sin embargo, eso no impidió
que nos lleváramos re bien de entrada. Y ese regalo que mi viejo me había dado
antes de partir, que bien podría haber sido un muñeco o cualquier otro tipo de
juguete, resultó ser el regalo más apropiado porque ¿a que jugaban los pibes de
la cuadra? Si, a los pistoleros, como Mafalda con Manolito, Felipe, y demás. Así
que estaba servido, con esa pistola a cebita me sumé a los juegos de tiros con
tres o cuatro chicos más del barrio, en un juego donde obvio, casi nunca nadie
quería morir. También jugábamos a la pelota por supuesto. Y aunque no era muy
bueno ¿alguna vez lo fui?, la pasábamos re bien. Volvía a casa súper agitado
pero más feliz que nunca en mi vida. Mi abuela se preocupaba pero veía que
estaba bien, que estaba más emocionado que otra cosa y en ningún momento tuve
ataques o accesos de tos. No extrañaba mi hogar, porque me sentía bien ahí, me
sentía viviendo una gran aventura y la disfrutaba al máximo, sin angustias ni
sentimientos neuróticos de niño apegado a sus padres.
Esas vacaciones de invierno no tuve ningún altercado
con ninguno de los locales, cosa que en vacaciones de verano venideras si
tendría, con alguno de ellos por cuestiones de localía o de tener que
defenderme por el hecho de ser porteño y todas esas cosas absurdas que nos transmiten
los adultos, pero en ese primer encuentro todo fluyó como nunca. Nos cagábamos a “tiros”
súper contentos y alegres, sin mayores problemas o contratiempos. La conexión entre
todos nosotros fue inmediata y fui aceptado (por intermedio de Miguel) sin
mayores problemas. El horizonte que se habría para mí en mi vida en ese momento
era completamente novedoso, porque por primera vez interactuaba en un lugar
nuevo con chicos que no conocía y no en plan colegio si no en plan hacernos rápido
amigos para salir a jugar y pasarla bien.
He vuelto al año siguiente pero en verano y fue una
continuación perfecta de esa primera vez invernal. Luego repetiría una tercera
vez en plan toda la familia, siendo ésta la última vez que estuve con ellos. Volví
dos veces más a Merlo pero ya habíamos crecido y la cuarta vez nos miramos
desde lejos, como si una barrera de la edad nos hubiera distanciado de una
forma irreconciliable.
Pero ese invierno de 1991 quedó marcado a fuego en mi
memoria por todo lo que significó para mí en el resto de mi vida y para
siempre. Volví casi curado del asma que fue desapareciendo hasta convertirse en
una anécdota que siempre cuento a los médicos cuando les digo que alguna vez
fui asmático, pero la homeopatía o el microclima de San Luis me curó.
sábado, 31 de julio de 2021
El olor de las almendras quemadas
Había una vez una Almendra. Almendra deviene de Alma, porque las almendras son el alma de las almendras. Y, como dije, había una vez una ALMENDRA que era feliz. Viajaba en la parte trasera de una camioneta viajera. La camioneta le preguntaba a la Almandra si estaba cómoda, si estaba gozando del viaje y la Almendra, fiel a su estilo pacífico, le decía que sí, que estaba fenómena. Así se hicoeron grandes amigas la camioneta y la almendra.
Todos tenemos un gusto y particular fascinación con las almendras. Su olorsito cuando las tostamos. Su saborsito rico cuando las mordemos y sale ese jugo blanco, amargo, almendroso. También cuando acompañan a los helados de crema americana. El famoso Almendrado. Una cosa de otra galaxia realmente. Por eso amamos a las almendras. Porque son ricas, porque son pacíficas, porque son Almendra.
Almendra una vez fue al colegio. Se tomó el tren hacia el sur y dijo una plegaria para un niño dormido. Una muchacha con ojos de papel la levantó del suelo y junta se fueron en camioneta a recorrer las rutas argentinas. Pero como Laura va y viene, la almendra queda sóla a veces y como la soledad es un amigo que no está... Para ir y venir, mejor quedarse, mejor el verde llano. Todo es una Figuración de color humano que ni siquiera Fermín, un mestizo, puede soslayar. A estos hombres tristes les digo entonces, que no se dejen sosegar por ni siquiera el jingle más extrafalario. Hoy, que el viento borró tus manos, la almendra de tu corazón vivirá por siempre como el mundo entre tus manos, a lo largo y ancho de los campos verdes y más allá de todo el hielo en la ciudad, hasta llegar a los gabinetes espaciales. Todo será mejor cuando hagamos las cosas por hacer. Eso mismo le dije a la almendra, a mi dama, que a veces como no la vemos, parece espejada. Como si fuera un jaguar herido, hilando fino en este embrollo, todos sabemos que la almendra que viaje tiene a mano a el fantasma de la buena suerte, que la acompaña y acompaña por siempre. Almendra ve sobre sí un cielo fuerte, vive el amor guaraní de sus ancestros. Por eso le dice a Miguelito, que mi alma ha partido a tiempo, y antes del Final nos despide con un amigable Buen día, día de Sol.
miércoles, 14 de julio de 2021
La parábola de los hermanos
En cierta ocasión, una noche escuché a mi hermano
decirle a mi padre "se ciernen sobre él fuerzas oscuras". Por lo que
pude observar, mi padre asintió en silencio y no acotó nada más al respecto. Yo
supuestamente estaba en mi cama durmiendo, pero cuando vivís en una gran
tienda, la privacidad no es algo que siquiera exista. Sentí que murmuraban e
intuí que hablaban de mí, entre otras cosas, porque ese día casi había perdido
la vida cuando habíamos ido con mi hermano al pozo de las almas en busca de
agua para la tribu. Los años de Abraham habían quedado atrás, lejanos y
perdidos en las noches de Luna llena, la arena había cubierto su legado e
influencia. Mi padre estaba obsesionado con los malos augurios y una serie de
eventos desafortunados como aquel, sumado a que un camello había escupido mi
ojo izquierdo la semana pasada y que la anterior, fui asaltado por unos
bandidos del desierto cuando regresaba del pozo, hizo que el viejo pensara lo
peor de mí. -Quizás está maldito-. Todo podía ser, si bien yo era demasiado joven
para tener enemigos, pero quizás fuera una venganza de algún enemigo suyo de la
tribu Berevere. La mejor forma de dañar a tus enemigos es por medio de sus
hijos, me había dicho muchas veces. "Si queres destruir a alguien, arrebátale
a sus hijos y quedará a tal punto destrozado que ya no será una preocupación
para ti", decía mi padre que era un lema de aquella tribu del desierto.
Una forma que según él hasta era más efectiva que el enfrentamiento directo que
podía desembocar en una guerra interminable. La famosa Ley del Talión, que de
alguna manera es la madre de un salvajismo sin fin, la vorágine de una
violencia que no terminaría nunca hasta que no quedara nadie en pie. Por eso,
la idea de atacar a los hijos, en lo posible de una manera que no te delate claro,
era la mejor estrategia.
Pero yo no creía que eso estuviera pasando. Sin
embargo, cuando escuché a mi hermano decirle eso a mi padre lo sentí como
traición suya. Porque con mi hermano mayor teníamos una relación tirante de
amor-odio. Aunque era más amor que odio, a veces nuestras peleas podían llegar
a ser peligrosas para ambos. Y al escucharle decir eso sentí que me ponía en un
predicamento porque entonces mi padre me llevaría a iniciar un recorrido por
toda clase de brujos y hechiceros del desierto para sacarme aquella maldición.
Y para mí era la forma ideal que tenía mi hermano de sacarme del medio, de
hacerme pagar por mi atrevimiento de haber venido al mundo a perjudicar su
absurdo deseo de exclusividad.
Es bastante ingrato el lugar que nos queda a los
hermanos menores en este mundo olvidado de Dios. Para nuestros padres somos un
poco menos importantes que sus amados primogénitos y para éstos somos una
molestia que viene a sacarle parte de su tajada material como también a
robarles parte del afecto de sus progenitores. Y muchas veces nos odian
terriblemente. Nos odian de una manera inconfesable y nos desean todo tipo de
mal. Allí está José y sus hermanos que lo vendieron como esclavo porque tenía
sueños premonitorios. Pueden llegar a matarnos, ahí está Caín. O sólo desear
que estemos malditos, para que de alguna manera suframos por nuestra impertinencia.
Y ni hablar de si llegamos a confrontarlos, eso está fuera de discusión.
Cometer tal sacrilegio podría costarle a uno la vida.
Pero mi hermano no me odiaba tanto. Al menos no
lo creo. Pero sí que siento haber sido una espina en su sandalia, una espina
molesta que no sabía cómo lidiar. Y a partir de ese momento empecé a tratarlo
con cierta distancia. Porque no podía concebir su traición, no podía tragarla y
así de a poco, dejamos de ser esos compañeros y amigos que jugaban de chicos, a
ser como dos extraños que se mirarían con cierto recelo en cada reunión
familiar.
Es inútil describir el derrotero imprudente que
llevó a mi padre a recurrir a todos esos charlatanes del desierto en busca de
algún tipo de contra maleficio. Eso de alguna manera lo deterioró bastante en
los que deberían haber sido los últimos y pacíficos años de su vida, restándole
tiempo en este mundo. No le recrimino esto a mi hermano, pero de alguna manera
fue responsable de inocular esas ideas extrañas en su cabeza. Respecto a mí, al
margen de haber experimentado todo tipo de brebajes y extraños rituales, nada
cambió. Seguí teniendo la misma mala suerte a cuestas toda mi vida.
Sé que siempre existe cierta rivalidad entre
hermanos. Es sabido que, en términos generales, es una relación conflictiva,
pero también es un vínculo sagrado. ¿Acaso existe algo más sagrado que la
fraternidad? Quizás la paternidad, pero nada más. En tercer lugar la amistad.
Hijos, hermanos y amigos, vengan, suyo el fruto que olvidaron en la Tierra. Y
esa es la construcción de nuestra sociedad. Después existe también el amor
conyugal, pero esa es otra historia...
Yo no comprendí la importancia de mi hermano hasta que llegué a rozar los primeros atisbos de la ancianidad y él hacía largo tiempo había trascendido a la inmortalidad. Casi nunca volvimos a ser cofrades, coetaños, compañeros. Fue un dolor que cargué toda mi vida adulta, acostumbrado a ella porque no supe cómo generar el acercamiento y perdonarlo, perdonarnos... Solo en la vejez entendí por qué había tenido a ese hermano que siempre había percibido como a una figura hostil y recelosa. Pero como todas las personas que pasan por nuestra vida algo nos dejan, mi hermano mayor había pasado por mi vida para señalar (nos) algo desde muy temprano. Quizás yo a él, demostrarle que no era tan importante como creía y que todos somos una pequeña fracción digna de amor como el que más. Y tal vez, él vino a señalar mi condición de maldito, como un Caín estremecido, un marcado por Dios... y así, de alguna manera, darme la posibilidad de lidiar y aprender a sobrellevar mi destino.
jueves, 1 de julio de 2021
TALLER DE CIENCIA FICCIÓN 2
Invitades todes y toddys a este nuevo taller de ciencia ficción a partir de julio.
martes, 29 de junio de 2021
Y si comenzó el Apocalipsis?
Hoy, como en casi ningún día de nuestras vidas, somos conscientes de que estamos acá. Viviendo el día a día, tratando de develar el gran misterio de nuestro sentido de vida. Nuestro origen cósmico. Y sobre todo, que nos deparará el futuro, ese enemigo de los nervios, generador de angustias y malestares existenciales.
Podemos con todo eso? La respuesta es simple, sí.
Vivimos un tiempo muy particular de la historia. Un momento que a ciencia y verdad se suele llamar como un momento "histórico" aunque en realidad, todos los tiempos son históricos. Pero convengamos que de esta situación se hablará en los libros de historia del futuro.
Habrá futuro? Bueno, respondiendo rápido y pronto, yo diría que sí. Mañana mismo es el futuro, el instante previo es el eterno futuro. Pero sacando esa cuestión meramente semántica, existe una perspectiva de futuro para la humanidad?
Es cierto que no soy tan viejo. No he vivido las grandes guerras del siglo pasado, y nunca sentí a la humanidad tan cerca de un colapso global como ahora. Y de alguna manera es algo nuevo para la mayoría. Casi todos estamos con miedo y no es para menos. Pero confiamos, siempre confiamos que vamos a salir adelante. Los humanos son seres muy aferrados a la vida y por lo tanto a la esperanza. "Son" o más bien, Somos. Siempre confiamos que alguna mente más evolucionada nos va a salvar, ya sea la de Dios, la de algún político avispado o la de esa gran masa de cerebros conocida como "comunidad científica". Depositamos en científicos, médicos y doctores, la esperanza y por ende toda la presión para que ellos, de alguna manera que no entendemos muy bien, solucionen todos los problemas que se le van presentando a la humanidad. Y si mañana fuera un asteroide el que nos amenazara, lo mismo sería. Esperaríamos que ELLOS (los científicos) resuelvan el problema. Por todos y para todos.
Y antes como hacíamos? Quizás, cuando los científicos no eran lo que son ahora, o cuando su lugar lo ocupaban los magos y hechiceros, la humanidad de entonces (que en tiempos antiguos el concepto de humanidad se reducía a su nación o mismo a su pueblo o tribu), hacía lo mismo. Esperaban que los más capaces solucionaran todo y si no podían, era porque los dioses así lo querían.
Hoy a quien le echaremos la culpa? Siempre buscamos un chivo expiatorio. Hoy puede ser todo culpa de China, de Estados Unidos, de los rusos, del Sionismo internacional, de los Masones, de los Iluminati, de Tom Hanks y vaya a saber quien más. Y en medio de estos tiempos caóticos afloran todas las "conspiranoias" más ridículas. Desde Reptilianos hasta Terraplanistas.
Son tiempos difíciles, de mucha confusión y donde se ve claramente que estamos frente a un desafío. Saldremos airosos? Y si después de vacunar a todos viene algo peor? Si no termina nada? Yo espero que eso no pase, pero si pasa, estamos preparados? Psíquicamente hablando sobre todo. En verdad no lo sé, pero espero que esto no sea el comienzo de una extensa crisis, porque en medio de la generación cristal y la cultura de la cancelación, se ha perdido algo peor que el humor, se ha perdido la capacidad de soportar cualquier cosa que no nos guste. Y eso es un problema serio. O no ???
Aquí termino y voy a parafrasear al CARPO:
"Hay psicosis masiva es menester que sea rock, si estás a la deriva, la única salida es rock, que sea rock, que sea rock, que sea rock, es menester que sea rock!"
lunes, 21 de junio de 2021
Un Junio inolvidable
Hace exactos veinte años, mi vida dio se cruzó con su primer golpe afectivo. Era el fin de semana largo de junio en el que suelen unirse dos eventos: El feriado por el día de la bandera (Argentina) y el día del padre. ¿Año? El inolvidable 2001. ¿Que se podía hacer en las vísperas del invierno? Yo tenía diecisiete años y estaba por terminar la secundaria. En un par de meses cumpliría dieciocho y ya sería mayor de edad. Mi vieja decidió ir a visitar a su padre para tal importante fecha y yo me sumé al viaje, dejando a mi viejo con mi hermano en Buenos Aires. Así partimos hacia la ciudad de Mar del plata, cuatrocientos y pico de kilómetros hacia el sur. Una ciudad costera que en verano muchos amamos, pero que en invierno 'ssss' es un tanto difícil. Como en casi cualquier ciudad allende al mar, cuando el invierno austral te cubre, más te vale que te abrigues por demás y que, en lo posible, no salgas de casa.
Ese invierno del 2001 fue un invierno crudo. Eran tiempos aciagos para el país, que venía de más de una década de neo-liberalismo. En este punto de la historia nadie imaginaba los desmadres políticos que nos esperaban en diciembre, o ni siquiera del atentado terrorista a las torres gemelas del 11 de septiembre. No, aún estábamos inmersos en otra realidad paralela. Una especie de coletazo agónico de la década de los noventas que todavía se negaba a terminar de morir. A todo esto, yo vivía una etapa de fuerte confusión adolescente. A principios de año me había cambiado de colegio secundario por tercera vez y creo que era la vencida. Aparte, acarreaba en esos días con una infección urinaria de desconocido origen, que nadie lograba dar con ni con la causa ni con el remedio. Y para sumar un poco más de malestar al asunto, estaba enamorado. Desde hacía unos meses que salíamos un amigo y yo con dos chicas, un par de años más chicas (pero todos menores de edad por suerte). Una de ellas (que tenía novio) era la que me gustaba a mí y al parecer ella no me era indiferente del todo. Pero bueno, su situación era esa y yo no pretendía avanzar por eso mismo. Acepté mi situación con sosiego y estoicismo. Pero había cometido un error fatal, me había cambiado no a cualquier colegio sino al colegio donde ella iba. Por eso, todo el 2001 nos la pasábamos viéndonos en los recreos. Y siempre sentía que estábamos un poco más cerca de estar juntos, pero ella era una chica digamos particular. Extraña, alocada, muy eufórica y hormonal. Cosa que a mi me volvía loco (sobre todo en ese momento de pubertad exaltada). Cuestión que pocos días antes de que me fuera a Mardel a pasar el fin de semana largo a lo de mis abuelos, ella me sentó en un banco del colegio en pleno recreo y me confesó su "amor", su prohibido amor irrefrenable hacia mí. Claro que yo no me quedé callado e hice lo mismo, pero le recordé que estaba de novia y... ¿Que íbamos a hacer? Pero ella se quedó sin respuesta. Esa era la situación, pero al parecer ella no estaba del todo dispuesta a cambiar su condición. Entonces quedamos en la nada y yo me fuí sabiendo algo que sospechaba pero que ahora me pesaba más. Ella quería estar conmigo pero no se podía. O en todo caso si, pero yo no aceptaba una posible condición de segundo o seudo amante. No me cerraba. Aparte conocía al chabón (más grande que ambos) con el que salía y si bien no me caía del todo en gracia tampoco me caía mal. Y sobre todo me congraciaba con él porque uno podría ser ese flaco mañana y ya desde mi adolescencia rechazaba el engaño. Por ende no quería ser cómplice del mismo. Una especie de Humphrey Bogart adolescente y berreta que resigna su deseo por hacer lo que es correcto. En fin...
Con todas estas cuestiones me fui con mi vieja a Mar del plata. Pero más allá de lo bello de cambiar de aire, de viajar (aunque sea a Mardel en invierno), y lo lindo de volver a la casa de mis abuelos, la realidad es que estaba muy triste. Bajoneado y triste como solo un adolescente de esa edad puede estarlo. Lo que ahora me parece un estado de ánimo bastante usual, pero en aquellos tiempos era algo nuevo y por eso mismo, muy doloroso. Para distraerme comencé a escuchar los vinilos de rock que allí estaban que eran de mi tía. Escuché a Yes, Rick Wakeman, descubrí a un chabón que se llama Mike Oldfield y bueno... de todo un poquito. Sin embargo hubo un disco que me quedó marcado ese invierno. A day at the races (1976), el quinto disco de Queen. Una verdadera implosión de rock queenero que me devolvió un poco el ánimo.
Al día de llegar traté de salir a dar una vuelta en bici pero la que allí estaba necesitaba reparación. Fui a una bicicletería que estaba en la avenida Constitución, a dos cuadras de casa pero estaba cerrada con vistas de seguir así por un buen tiempo. Alguno de mis abuelos me tiró el dato de que en la panadería de Tejedor habría un sorteo para ganarse una bicicleta. Entonces, me emponché de nuevo y otras vez salí a la calle. Era un día nublado (obvio) y frío como él solo. Pero no hubo caso, no gané ni por casualidad. Volví a la casa de la calle Gomara pero se me ocurrió que antes podía llamarla. Me fui hasta avenida Constitución y busqué un locutorio. El teléfono sonó varias veces hasta que ella me contestó. Parecía muy sorprendida de mi llamada. Le pregunté como estaba. Le dije que la extrañaba o que pensaba en ella y no sé que patraña más. Ella se mostraba mucho más cautelosa de lo que esperaba. Como si no pudiera hablar. Pensé que por ahí estaba con su novio pero ella simplemente me dijo que no me gastara guita en llamadas así. Que se escuchaba como pasaban los pulsos. A mi lo que menos me importaba era la plata, sólo quería hablar con ella. Pero entendí la indirecta. Nos vemos en el colegio, le dije y cortamos. Yo quedé peor que antes. Quería que ella estuviera ahí conmigo. O en todo caso sentí que no debería haber ido a Mar del plata, que perdí una posición que debía quedarme a defender. Volví a la casa y escuché el tema "Drowse" del disco de Queen mencionado. Un tema medio raro que canta Roger Taylor. Su melodía melancólica me hizo sentir más triste. Bueno, después leí la letra del tema y todo encajaba. Y mientras levantaba la vista del interior del vinilo donde se los veía a los cuatro Queen sobre un escenario, con un Freddie en calzas, se me cruzó por la cabeza que todo lo que me estaba pasando no iba a terminar en buen puerto. Miré por la ventana esa tarde invernal marplatense, tan fría, gris y melancólica. A "Drowse" le siguió la canción "Teo torriate", tema que cierra el disco. Creo que el efecto fue aún peor. Me hizo sentir más hundido y triste.
Al día siguiente mi vieja me llevó a ver a un médico brujo famoso de 'La Feliz', un viejo gordo con bastón, que decía que tenía ciento veintipico de años. Cosa que me pareció ridícula y exagerada. Se acercó y me auscultó con una especie de lupa extraña por las pupilas. Le dijo a mi vieja que lo que yo tenía eran simples cálculos renales y que tomara un yuyo que no recuerdo el nombre pero que tenía un olor espantoso y gusto de mil diablos. Sin embargo, cuando volvimos a Buenos Aires me llevaron con un médico homeópata que me había curado el asma de chico y bueno... El tipo con sus famosos globulitos me curó la infección urinaria en un santiamén. Respecto de la chica bueno, como lo había sospechado, nada de eso llegó a buen puerto. Ella siguió con su novio y dos meses después fuimos a bailar y la vi chapándose a otro flaco. Bueno, cosas de la adolescencia ¿no? La historia siguió un tiempo más de hecho. Y poco después de los sucesos del 20 de diciembre me llamó por teléfono e hicimos las paces. Lo que siguió es otra historia pero mi recuerdo más nítido es el que acompaña ese fin de semana de invierno en Mar del plata escuchando A day at the races, mi pis ardoroso y mi amor por la inaccesible Melina.
miércoles, 16 de junio de 2021
El pozo de las almas
"Cuando me invitaron a participar de la expedición tuve miedo. Algo me vibró mal, sobre todo porque consistía en el descenso a una cueva de pequeñas dimensiones y, si bien no sufro de claustrofobia, tampoco es que me agrade mucho eso de andar bajando a pozos profundos. De todos modos acepté ya que es mi trabajo.
Si, mi trabajo consiste en bajar a pozos, no importa donde o cuando, si necesitan que alguien baje a un pozo me llaman a mí. ¿Que cuál es ese trabajo? Bueno, en realidad he trabajado en minas, pero terminé siendo asistente de geólogos, que básicamente son unos científicos de laboratorio que no tienen la capacidad física adecuada ni el coraje para bajar a los lugares que ellos pretenden estudiar. Y como yo dispongo de agilidad, un cuerpo muy delgado, y la experiencia de haber trabajado en minas y haber salvado la vida de varios mineros cuando había derrumbes, por mi capacidad para meterme y llegar a lugares que nadie más podía. Es así como terminé ayudando a las autoridades gubernamentales. Soy una especie de comodín oficial de toda expedición subterránea que haya. Ahora me pregunto una cosa ¿que pasará el día que yo ya no esté? Bueno, problema de ellos. Yo sólo espero poder jubilarme lo antes posible. La verdad que no me tienta para nada andar bajando a las profundidades del planeta. No se puede esperar nada bueno de todo aquello...
Y así fue como comenzó esta operación de rescate, donde tenía que salvarle la vida a un pobre minero que cayó por una grieta que se abrió bajo sus pies. Me cansé de advertir que era muy probable que no hubiese sobrevivido a esa caída y que de haberlo conseguido ya se debería haber quedado sin aire. Pero me dijeron que de todos modos había que recuperar el cuerpo por una cuestión legal y bla bla. Claro que no era "obligatorio", pero esa invitación a bajar yo ya la conocía. No tenía muchas opciones.
Al llegar a la zona de catástrofe me di cuenta que me habían engañado. Por empezar, en las cercanías a la costa atlántica no puede haber ninguna mina que yo sepa. Y mi confirmación llegó cuando me encontré frente a una especie de pozo petrolero. Pregunté que había pasado realmente. Me dijeron que necesitaban que alguien (o sea yo) bajara hasta determinado punto y capturara algunas imágenes. Me pareció una petición irregular. Pregunté por qué yo pero la única respuesta que obtuve fue: Porque te lo pide tu país. Esa contestación fue tan inesperada que me dejó en ascuas para elaborar cualquier tipo de retruque. Es muy bajo, sobre todo en estos tiempos difíciles, apelar al patriotismo de un agente del estado. Bien, bien, respondí. Pero quiero saber cuales son los peligros del descenso. Me dijeron que no había tal cosa, y que de hecho bajaría en una cápsula protectora. Claro que no existía ningún minero para rescatar. Todo había sido una farsa para hacerme llegar hasta allí con urgencia, pero nadie me quería dar más datos. Parecía la intriga y misterio de una película surrealista de espionaje arqueológico.
Me puse en modo "no pensar" y decidí dejarme llevar y hacer por los demás. Pero ya lo había decidido, una vez terminada esta misión renunciaría. No importaba cuanto me rogaran o cuanta plata me ofrecieran, o mismo que me amenazaran. De última me iría bien lejos para que no alcancen nunca más, pero se terminó: It's over motherfuckers! En ese momento no supe lo tarde de aquella decisión. Pero en fin... a lo hecho pecho.
Y así me metí en una especie de cápsula de esas que uno se toma para combatir la acidez, encima verde y blanca, igualita. Sólo que tamaño persona. Comenzó el duro descenso, bastante veloz. Era una perforación profunda y profesional, hecha por algún mecanismo a válvula o algo similar, parecido a las perforaciones de las maquinarias petroleras. El espacio era tan acotado que tenía lógica que me hubieran llamado a mí. Casi nadie tiene mi contextura refinada y menos mi experiencia en las perdidas profundidades de la patria.
Como ya dije, la cápsula era verde hasta la cintura y blanca (casi transparente) de la cintura para arriba. Por dentro había iluminación y algunos pocos controles. Disponía de un headset con cámara y micrófono. Era como uno de esos exploradores de las profundidades que se suelen ver en las películas. En pocos minutos había bajado casi tres kilómetros, como si fuera un ascensor directo al cadalso, y seguía bajando. En tu cara Julio Verne!!
El calor comenzó a subir, pero la cápsula estaba bien equipada. Disponía de un termostato automático que bajaba la temperatura a medida que ésta se elevaba en las profundidades. Además la consistencia de la cápsula parecía de un material entre metálico y plástico, que me habían asegurado y recontra confirmado que podía soportar las más altas temperaturas. Hubo algunas paradas en postas mineras en los primeros metros de profundidad pero luego, todo lo que me rodeaba era tierra, granito y oscuridad absoluta.
"Guillermina! Guillermina! Escuché que decían por el intercomunicador. ¿Cómo estas? ¿Como viene el descenso?" Les contesté que bien. Sin novedad por el momento. Me aseguraron que en breve llegaría al punto crítico de observación, estaría cinco minutos, y luego sería extraída de allí a gran velocidad. Me advirtieron que estuviera super atenta y concentrada en todo. Esto último me puso tensa y empecé a tener mucha ansiedad. Y en el fondo sentí que me mandaban al muere, porque no tenía familia, porque era una mujer rara y en definitiva, según ellos, reemplazable. Pero traté de concentrarme, no podía hacerme el coco en ese momento de alta intensidad.
Cuando empezaba a cabecear debido a un repentino sueño que se precipitó sobre mí de manera repentina y sin previo aviso, la cápsula se detuvo. ¿Había tocado fondo? No podía saberlo, pero esto parecía el fondo del intestino grueso, el apéndice del asunto. Intenté comunicarme con la superficie, pero solo obtuve sonidos entrecortados y poco claros CRRR TSS MMMBOP.
Ahora me rodeaba un silencio de expectativa. Realmente no entendía cual era mi función de bajar hasta ahí, pero estaba claro que algo necesitaban confirmar o chequear, porque era obvio que algo había pasado. Ya habían llegado hasta allí pero sólo una sonda. Necesitaban la confirmación directa de un humano, y ahí estaba yo. Pero ¿confirmación de que?
No tardé mucho en saberlo. Miré mi reloj. Había pasado casi un minuto desde que la píldora gigante se había detenido y salió en mi pantalla un aviso de ponerme la mascarilla de oxígeno. Obedecí y de inmediato la cápsula iluminó el entorno. Pero entonces, una vibración muy fuerte de la tierra hizo tambalearse a la cápsula que cayó de costado sobre la tierra. Sentí pánico. ¿Cómo iba a ser extraída del lugar si la píldora que me cobijaba se había salido de su lugar? Entonces fue que vi a menos de un metro un resplandor rojo. Al principio no le presté mucha atención, pero es resplandor parecía intermitente. Por momentos se elevaba y luego disminuía. Hice un movimiento para que la cápsula rodara algunos centímetros y me acercara a ese pozo del cual parecía provenir ese fulgor rojizo. Pero por más que lo intentara no conseguía acercarme mucho. Sin embargo, lo había conseguido lo suficiente para poder ver algo extraño. Alcanzaba a ver una pared de aquella caverna. Entonces usé la cámara teléscópica de mi headset, tratando de acercarme y tener una mejor visual de aquello, pero era imposible. De lo único que estaba segura es de que era muy factible de estar arriba de un pozo de lava. Un sauna de lava eléctrico. El calor por fuera era impresionante, imposible. Un calor solar. Pero entonces fue que vi como las agujas de audio captaban sonidos lejanos. Busqué los controles de audio y traté de subirle al máximo y haciendo el mayor de mis esfuerzos por tratar de concentrarme en aquellos sonidos indescifrables. Por momentos pensé que parecían máquinas fabriles rechinando hasta que de todos los sonidos confusos que se entremezclaban, pude distinguir algo que me erizó el vello corporal todo. Un grito espeluznante salió de toda esa marea de sonidos, que de pronto cobraron sentido. Era como escuchar una muchedumbre de colosales dimensiones emitiendo sonidos de sufrimiento. Como si juntaras miles de estadios de fútbol con gente gritando pero de manera agónica, dolorosa. No podía ser. Intenté mover más la píldora para quedar apoyada sobre el agujero del cual provenía el color. La cápsula marcaba trece kilómetros de profundidad. No existía las más remota posibilidad de que pudiesen haber humanos allí. El calor, que superaba los cien grados, simplemente los destruiría. Me balanceé lo más que pude, hasta que la cápsula de repente giró y se colocó sobre el pozo, pero quedé de espaldas a la luz roja. Traté de darme vuelta, pero la cápsula no deja lugar para la maniobra, lo que sentí es que empezaba a recalentarse el interior por primera vez. El calor que emanaba de ese pozo era impresionante, como estar en la salida de una pava a presión. Los gritos ahora eran más claros. Eran gritos de suplicio. Hice lo imposible por girar mi cabeza y ver que pasaba a mis espaldas. Entonces fue cuando sentí la tracción. Habían pasado los cinco minutos y la cápsula volvía a su posición original para emprender el rápido retorno a la superficie. Antes de desaparecer a toda velocidad por el tubo, pude obtener una visión rápido del pozo y eso es todo. Nunca me voy a poder recuperar de esa visión. Ahora, la imagen circula por todos lados y ya sabemos lo que nos espera en las profundidades del magma eterno, en el pozo de las almas..."
Última declaración de Guillermina Barone a los servicios de inteligencia. Las Toninas. 17 de enero de 2074.
Nota: El pozo fue sellado y no se supo nada más de Guillermina, que desapareció sin dejar huella ni rastro de su paradero.
miércoles, 9 de junio de 2021
Le Bateleur (Los Tullidos)
Je suis le bateleur, je suis le magicien, je suis nisman...
Cuando nos damos cuenta que somos unos pobres tullidos del alma, cuando nos cae la ficha que somos discapacitados en lo emocional, entonces entra el juego nuestro amigo el ego.
Él nos dice que en realidad, los demás son los que están mal. "Si el mundo te da la espalda, lo que tienes que hacer es darle la espalda". Hasta que vemos que todos nos damos la espalda. Que no hay empatía, que no existe la solidaridad y la idea de comunidad. Y lo peor de todo es que somos parte del problema.
Sufrimos, agobiados por un sistema excluyente del cual todos los partidos políticos forman parte. Y entonces caemos en una espiral sin fondo. ¿La solución? No existen las soluciones mágicas. Solo ser parte integral de la sociedad, comprometernos a mejorar, a mirar al que tenemos al lado. Animarnos a tender una mano para que todos estemos mejor. Hacerle un lugarsito a Jack en la balsa (teléfono para Rose).
Ser un tullido, hoy, no implica algún problema de movilidad, sino más bien un problema de falta de consciencia respecto a las problemáticas de nuestros congéneres. Sean éstos seres queridos, cercanos o perfectos desconocidos.
Ahora, si me permiten una intromisión, quiero decir que el mago del Tarot tarda en accionar, pero a la larga vendrán lluvias suaves, la siembra rendirá sus frutos, las cosechas serán beneficiosas. Pero de momento, ahora hay que capear la tormenta.
Es un mensaje de Protección al corazón, Seguridad vidal y Los socios del desierto.
viernes, 4 de junio de 2021
GAMALEIA
Zvyozdni Gorodok o "Ciudad de las estrellas". URSS.
Centro Gagarin de entrenamiento de Cosmonautas (CGEC).
1º de julio de mil novecientos ochenta y...
Laszlo Kovacs salió del ascensor y una vez afuera de la enorme mole gris de granito y hormigón, buscó refugio del fuerte Sol que azotaba a la Ciudad de las estrellas. Antes de llegar al alerón del edificio donde tenía su residencia, pasó por la gran efigie icónica del lugar. Un Cosmonauta atravesando un aro de fuego, o atravesando el espacio conocido, el universo, saliendo de la galaxia o entrando a un agujero negro.
Que importaba... la figura alegórica le trasmitía paz y tranquilidad. Sentía que estaba en el momento y lugar indicado. Que ser un cosmonauta soviético era el mayor honor que podía tener.
Un hombre soviético, de la Tierra a las estrellas, por el pueblo. Ya llegaría el día de alcanzar la gloria en nombre de todos, como antes lo había hecho el gran Yuri Gagarin.
Pero el verano soviético llegaba a su fin y no quedaba nadie con quien conversar en toda la ciudad. Laszlo se sintió apesadumbrado, desolado, perdido. Porque quizás ser un soltero empedernido era algo ideal para un hombre espacial, pero a veces sentía flaquear, sentía que su parte débil, la más humana de las partes, le susurraba que añoraba el deseo, que añoraba lo que otros tenían, que debía buscarse un amor. Pero Kovacs descartaba de cuajo estos cuestionamientos que surgían de sí. Los tildaba de burgueses, de "occidentales". "Siempre añorando tener, obtener, poseer". Ese es el pensamiento que lleva a la ruina al mundo occidental, a los capitalistas, a los adoradores de la materia.
El calor hizo tambalear a Kovacs y después de horas bajo el entrenamiento acuático, su cabeza daba mil vueltas. Necesitaba descansar y no pegaba el ojo desde hacía casi un día. Eran las tres de la tarde y estaba por perder el conocimiento. Se sujetó del soberbio monumento para no derrumbarse al piso ardiente. Elevó la mirada hacia la cara del cosmonauta, rodeado de una especie de halo en la cabeza. Después de todo, los cosmonautas son una especie de ángeles, pero más humanos, más imperfectos, más mortales...
Pero ahora el piso estaba mojada, era otoño (si es que existe el otoño), y la URSS ya no es la URSS, sino la Federación Rusa, la heroica bandera roja con la hoz y el martillo ha sido reemplazada por una bandera convencional de tres colores, blanca, azul y roja. El país ha perdido territorio en el oeste, y nos gobierna un extraño sujeto con super poderes, un ex KGB. Somos amigos de los chinos y los argentinos. Extrañas alianzas... pensó Kovacs. La humanidad está atacada de un mal, una pandemia global azota y aniquila a miles de personas. Rusia es una de las pocas naciones que encontró la cura, o más bien, la vacuna para prevenir este gran mal. EEUU es un gigante en decadencia, hundiéndose en su propia miseria de egoísmos y odio racial.
Una palabra resuena en su cabeza. Gamaleia, gamaleia, gamaleya, gama, leia...
Es un mensaje de Yuri Gagarin desde el más allá. El final del mundo conocido está cerca, pero gamaleia traerá la solución, vodka y solidaridad para todo el mundo, de Rusia con amor...
Kovacs comprende su función de allí a cuarenta años en el futuro. Una pieza clave en el descubrimiento del compuesto que revolucionará todo y hará, después de la dura caída en diez años, a nuestro pueblo grande y orgulloso otra vez.
Laszlo abre los ojos y ve la cara del cosmonauta de granito con esa mirada perdida en el infinito y más allá. Y ese halo angelical que ornamenta su cabeza. El sol por detrás. El golpe de calor lo hizo desmayarse. Por allí pasa una de las jóvenes estudiantes de cosmonáutica, joven promesa soviética del futuro. Lo ayuda a levantarse y Laszlo no repara en ella hasta que se da cuenta que la joven, con su delantal blanco lo reconoce. Kovacs es uno de los grandes cosmonautas de la URSS. Ella no puede creer estar parada frente a él. Entonces es cuando Laszlo la mira a esos ojos marrones, esa cabellera negra como el espacio, ese brillo estelar interior que deslumbra. Kovacs se pone incómodo, nervioso, sus palabras se traban y no quieren salir de su boca. Hace un intento de presentación torpe pero ella ya lo reconoció. Ahí es cuando él se anima a preguntarle tartamudeando como se llama. Ella sonríe y le contesta acercándose a su oído, como si fuera una infidencia juvenil
-Gamaleia...
martes, 1 de junio de 2021
El Supermercado como Fin
Benjamín entro al supermercado y me doy cuenta que no traigo la lista de las compras. Pero piensa que de todos modos va a comprar todo lo que vea y piensa que necesito. Soy Benja, amigo de los amigos que ya no están a mi lado. Aquellos que lo dejaron solo y se fueron a construir sus hogares al Sol. Yo estoy solo, por eso Benja se dirige a la góndola de las verduras. Mens sana in corpore sana, pienso que piensa yo.
Algunas hortalizas para variar. Tomates verdes, para fritar el domingo al mediodía, cuando piensa que debería estar con su señora e hijos preparando un almuerzo en familia. Pero yo no necesito todo eso. Ellos no le necesitan, y no lo quiero. Está bien solo, bien me lamo. NO necesito gente a mi alrededor que me digan que hacer, como vestir, ni como vivir. Porque puede vivir su vida Benjamín, sin que nadie le razón de ser a su existencia. Además, para que tenemos las cosas? Las palabras (que dicto Benjamín ahora) y las cosas. Las cosas que hablan por sí mismas, porque somos esclavos de lo que nos posee y creemos poseer.
Pienso en el final de todo esto, que Benjamín presume que se acabará pronto. Quizás un infarto agudo del miocardio, un accidente en la calle no tan casual, una noche de excesos y barbitúricos... quien sabe. Pero el final se acerca, indefectiblemente, como lluvia discordante o melodía marchita, diría el George.
Luego pasar al importantísimo consumo de carne. Carne vacuna en todos sus formatos, cassette, cd, vinilo, pasta, dvd, pendrive, o en memoria ram. Carne on demand? Carne digital, carne carne carne. Nunca olvidar al viejo tío Julius que me gritaba de niño frente a todos COMÉ LA CARNE!!! Ahora como toda la carne que quiero viejo de mierda, y a vos te comen los gusanos eh. A mí también, algún día, espero que no muy pronto. Porque el Benjamón no quiere morir. Se hace el romanticista decimonónico que no soporta la vida, no soporta la ausencia de amor, no soporta su pesada existencia carente de sentido. Y sí no soporto que pasa? Cual es el problema? Diría Ben...
Paso al sector de harinas: Pastas en todas sus formas y cortes. Merca, base, merluza, la fafafa, la ricarda, la refinada, la pura, la blanca, el polvo de Dios. Galletas al por mayor. Otras drogas; té, yerba, yuyito del diablo, maría, marimba, fasuli fiesta pop, oeo... Benjamín se quiere sentir un niño otra vez. Por eso...
Se compra juguetes el nene. Discos (de música vieja que nadie escucha), libros (que quizás nunca llegue a leer), telescopios (para no espiar a nadie), carpas (para no ir a ningún lugar), ropajes (para no estrenar nunca porque la verdad es que vivo encerrado, sólo, perdido en mí, ahogado en mi nihilismo narcisista), y pienso que el mundo es una mierda. Me odio y me quiero matar, cantaba Kurco... no? Y lo bien que hizo, el mundo que se venía era una verdadera porquería. Con ese faloperillo de Seattle se murió el rock, y todavía seguimos velando el cajón, no Charly? Bailando en las sombras y el eco de una fiesta que terminó hace más de veinte años.
Otras adicciones: Chocolates, helados, cigarrillos, cerveza, vino, tartas, chauchas y palitos, osos de peluche, putas bien conchudas que gimen como profesionales, que Benjamín abraza al borde del llanto, porque se siente agónico, falto de amor, perdido, sólo e inmensamente infeliz.
Pero para que carajo están el dinero? Para que mierda están las cosas si no es para hacernos felices? Para rellenar esos vacíos angustiantes que Benja, ni yo, ni nadie logra tapar ni con quince años de psicoanálisis encima. Porque acaso no son el verde y el amarillo los colores opuestos a la muerte? El verde para la resurrección, y el amarillo para la descomposición y decadencia... dijo Antonin.
Tengo un carrito de supermercado lleno a tope. Yogurts, frascos y frascos de cosas deliciosas, bolsas de manjares únicos, delicias pasteleras y todas las cosas dulces, amargas, ácidas (LSD inclusive), y saladitas habidas y por haber. Aparatos, chucherías tecnológicas, ropa, y todo lo que se puede conseguir en un hiper mega archi supermercado. El dinero no es problema. Tengo de sobra. La frase "tirar manteca al techo" no significa nada para mí, Benja está contento con su mega compra. Nos esperan meses de encierro, disfrutando de todas las cosas. Películas en pantalla gigante, porno y viajes espaciales al por mayor. Pero esto se acaba aquí. Perdón David, que no sea hoy tu estrella la que ilumina.
Cuando salgo de Monstruo mercado me siento realizado, satisfecho. Siento que compré todo lo que quería, lo que necesitaba, lo que no necesitaba pero quería igual, porque soy un pendejo caprichoso y materialista del orto, No Benjamín?? Y entonces encaramos hacia nuestro auto. Una mujer parada al lado de mi coche, arrulla a un recién nacido. Me causa gracia y le dice Benja, pobresito, no sabes la que te espera... Entonces, como si lo hubiera escuchado, el bebé prorrumpe en un llanto agónico, lastimero, y de inmediato, la mujer saca una teta blanca y joven, con un pezón un tanto mordido pero hermoso. Su halo es grande y la tetita está llena de leche tibia. El pibe se prende como si se le fuera la vida en eso. Se calma al instante. Yo miro mi carrito que está lleno de cosas hasta casi mi altura y luego miro a la madre con su vástago. Benjamín se pregunta después porque vivimos una vida de angustia constante. El caso está cerrado, todo está más que claro. Y yo me siento vacío otra vez, toda esa compra inútil la tiraría por un barranco. Necesito llegar a casa y tomar la pastilla porque me hundo. Intento poner la llave para abrir el coche pero es imposible, una catarata nubla la visión de Benjamín.
lunes, 17 de mayo de 2021
Lo que viene de allá, lejos
Me desperté llorando y empapado en transpiración. El cuarto
estaba muy oscuro, ella se movió en la cama a mi lado. Me preguntó medio
dormida que pasaba. Le dije que nada, que había tenido una pesadilla en la que
soñaba con el día en que nos conocimos; pero entonces había una invasión
alienígena donde caían como bolas de fuego y ella moría fulminada en mis brazos.
Y después de eso tuve un sueño dentro del sueño, donde era chico y caminaba con
mi papá por mi viejo barrio, y recordaba como unos misteriosos rayos caían del
cielo y mi viejo moría paralizado por uno de estos extraños lásers. Entonces fue
que me agarró una tremenda angustia y desperté así.
Ella se quedó callada, no sé si porque se quedó dormida o
pensando.
—Bueno amor, fue una pesadilla nomás, volvé a dormir. O
tomate un vasito de agua— Me dijo compasiva.
La miré en la oscuridad, y la noté más mayor, despeinada y
cansada. Me acordé del sueño, y de esa imagen de ella, cuando teníamos
veintipico de años. En ese entonces teníamos mucha más sensualidad y onda para
vestirnos.
La besé en la frente y me levanté a mirar por la ventana.
Era una noche sin luna, pero el cielo estrellado del campo es algo difícil de
superar. Miles y miles de estrellas, galaxias apenas perceptibles, y los
planetas más cercanos hacían del cielo un verdadero ballet cósmico.
Salí de la casa, para poder ver mejor el cielo estrellado.
Por suerte todo había sido un sueño. Quizás el estrés del trabajo me afectó más
de lo que pensaba. Pero estas vacaciones en la casa de campo de sus padres, en
las afueras de 9 de julio, eran propicias para calmarse y descansar.
Me encontraba absorto cuando vi un fulgor extraño en el
cielo y, de repente, una de las estrellas del cielo se movía, haciéndose cada
vez más grande. Apenas tuve tiempo de agacharme por mero reflejo, y BUM! cayó
un meteorito muy cerca de la casa. Fue todo un flash de un segundo, pero
mientras me agachaba y cerraba los ojos, sentí una leve vibración en el suelo,
un clamor como si se tratara de una bomba de estruendo.
Entré a la casa a ver si ella estaba bien. Me preguntó que
pasaba, y le dije que algo había caído cerca de la casa.
—Quizás en el bosque del fondo que está pasando la cerca de
la casa.
—Bueno, volvamos a dormir, me dijo.
Pero yo estaba determinado a inspeccionar el suceso. Nunca
había visto un meteorito recién caído. Agarré la linterna del cajón de mi
mesita de luz, me puse unas zapatillas y salí a investigar el inusual suceso.
Cuando estaba cruzando el jardín rumbo al bosque, sentí la
voz de ella que me llamaba, mientras se acercaba hacia mí. Se aferró a mi brazo
derecho y me dijo que tenía miedo de quedarse sola en la casa. Hacía mucho que
no se aferraba así a mí, porque en verdad, no veníamos muy bien que digamos.
Por mi parte, yo apenas podía creer que algo hubiese caído
del cielo, a poco de soñar con cosas similares. Ella me rogó que volviéramos a la
casa, pero algo en mí necesitaba ver. Era mi única chance de tener algo de
aventura en mis aburridas vacaciones campestres.
De repente, empezamos a encontrar árboles caídos, rotos o
semi quemados. Había olor a madera quemada y a pelo chamuscado.
Llegamos hasta el hoyo. Era de cinco metros por siete,
aproximado. En el interior del cráter, encontramos una refulgente piedra
ambarina. Emanaba una luz latente y difícil de definir. Me acerqué a ver, pero
ella me agarró de la manga y me dijo que me acordara del cuento “Ese”. Que ni
me acercara a ese fulgor o me pudriría en vida. Recordé la referencia y me
agarró tal julepe, que decidí darle la razón.
Dimos media vuelta y encaramos rápido hacia la casa.
Mientras caminábamos por el bosque, me di vuelta para ver el cráter, algo me
llamó la atención de ahí, y no pude dejar de mirar.
Mientras trataba de no caerme al suelo, el fulgor del cráter
se iba apagando. Y antes de perderlo de vista por completo… no sé si fue mi
imaginación que ve cosas en la oscuridad… me pareció ver una sombra que emergía
de allí, una sombra que se movía rápido por el bosque.
No quise decirle nada a ella, que es muy asustadiza, y creo
que por ver muchas películas de terror. Sin embargo, la agarré de la mano
porque la necesitaba y empecé a correr como endemoniado hacia la casa. Ella no
paraba de preguntarme que pasaba, que había visto, le dije que nada, pero que
había que rajar de ahí lo antes posible.
Al fin llegamos a la puerta de atrás. Quise abrir y no pude,
parecía cerrada. Creo que me estaba por hacer pis encima. Ella a mi lado no
paraba de insistir nerviosa, preguntándome que era lo que pasaba. Entonces, en
medio de ese forcejeo, pude abrir la maldita puerta y nos metimos. Cerré con
llave, y le pedí que hiciera lo mismo. Como no cooperaba e insistía en
preguntarme sobre lo que pasaba, le dije que básicamente me había parecido ver
una sombra que se movía en el bosque, y de forma muy rápida. Ella se puso más
blanca de lo que ya es, y se quedó paralizada. Di un pequeño grito y le dije
que se moviera, ¡vamos! Entonces reaccionó y se puso a cerrar puertas y ventanas.
Luego, nos quedamos mirando desde adentro, por todas las
ventanas, a ver si aparecía algo ahí afuera. Ella casi no podía hablar. Me
acerqué para abrazarla, pero estaba en tal estado de shock que disparaba
chispas de la tensión. Quizás la había asustado inútilmente. Quizás había sido
mi imaginación, mis inconfesables ganas de haber visto algo que se movía. Se lo
dije, se lo expliqué. Le dije que tratara de calmarse. Entonces se dio vuelta,
mi miró con esos ojos hermosos, celestes y nostálgicos como el mar que la
vieron nacer, y entonces la besé sin más.
Me acordé del sueño, de la terraza, nuestro primer beso, y
recordé que la amaba, a pesar de los años que hacía que estábamos juntos, y de
que a veces uno se acostumbra al otro, y entonces entra en una rutina, de a
poco se pierde el deseo. Pero más allá de todo eso, yo aún la amaba.
Le dije que volviéramos a la cama, que todo había sido un
susto nomás. Pero ella todavía tenía miedo. Sugirió llamar a la policía, pero
le dije que no era delito que cayeran meteoritos en el campo. Era de lo más
habitual y común. Además nadie se iba a molestar en venir hasta ahí por tan
poca cosa. Ella me dijo que quería volver a Buenos Aires. Que extrañamente se
sentía más segura allá, en medio de ese loquero, que en la soledad del campo. Aunque
yo me quería quedar, le dije que tenía razón y que mañana al mediodía nos
volvíamos.
Nos acostamos, y de a poco nos fuimos quedando dormidos mientras
hablábamos cada vez de cosas menos importantes. Mientras la abracé haciendo “cucharas”
me relajé y mis ojos se fueron apagando de a poco. En esos parpadeos, lo veo al
Gris, parado afuera de la ventana. Mirándonos con esos ojos negros como botones,
brillantes y ovalados. Sin expresión. Sin rencor. Simplemente, un ser curioso
observándonos. Y pienso que siempre estuvo ahí, observando, desde mi infancia,
ese ser incomprensible y gris.
Al final me dormí. Pensado en ella. Pensando en su nombre,
pensando… ¿su nombre? ¿Cuál era?
Escrito en febrero de 2017.
martes, 11 de mayo de 2021
El cerebro de Brocua
Brocua Pablo, (o "Paul", "Pablito", "Pablex", "Pablada", "Paddelwatch", y un largo etcétera dependiendo de la persona que lo trate), sintió que esa mojarrita se le escapaba de la mano en aquella fría madrugada de domingo por la rambla de los pescadores de Costanera norte.
Los bagres milenarios del río antiguo, serpenteaban por el barro marmolado del Plata, desde tiempos inmemoriales. El registro de la pesca con mosca, mojarrita o gusanos y demases, quedó impregnado en sus pequeños cerebros. Pero esto Pablo no lo sabía e insistió con el viejo truco. Se encargó de secarse bien las manos y hacer bien las cosas desde el principio. ¿Acaso se dejaría vencer por un ictiandro de un río barroso? No lo podía permitir.
Mientras preparaba la carnada, algunos bagres saltaron frente a él, como burlándose de su desconcierto. Sin ton ni son, Pablada pensó que lo mejor sería armarse uno con el alba, que ya despuntaba solemne allí por el este y así calmar su ansiedad típica de porteño impaciente, neurótico, precoz.
Las primeras secas a su "tempranillo" lo dejaron de tal manera colocado que de repente sintió que se elevaba junto con el astro frente suyo. Aquella estrella mediana a la cual nadie le pidió que apareciera pero aún así ella insiste en su nombre masculino y en hacernos creer que le debemos la vida, o al menos eso pensaba Pablín mientras miraba encandilado como el Sol asomaba por sobre el chocolatoso Río de barro y sedimentos. Acto seguido, procedió a tirar la tuca al río diciendo en voz alta:
"Pa' los duendes... o pa' las nereidas... o pa' lo que sea que haya en ese caldo, si es que hay algo..." y luego escupió un sonoro y despreciativo gorgojo de moco mañanero que cayó girando hasta hacer "plop".
Pensaba en volver a su casa a dormir cuando un sonido que venía de allí abajo le detuvo, como si fuera un PLOP-PLOP, húmedo y asfixiado. Exactamente como un pez fuera del agua. Pablada se asomó intrigado y ahí lo vio como salido de una película clase b. Estaba recostado sobre un tablón flotante. Parecía muerto. Sus escamas encandilaron sus ojos por el reflejo de los inminentes rayos del Sol naciente.
Paul buscó una manera de llegar allí y la encontró. Descubrió una pequeña escalerita de piedra del lado del río que bajaba de forma tímida hacia el caldo de cultivo amazónico. Y haciendo uso de su larga caña pudo ensartar al extraño ser brillante y traerlo hacia sí.
Pablada nunca había visto nada como eso. Buscó la forma de subirlo pero el hombre, o el pez, o lo que fuera que fuese, parecía no querer alejarse de su elemento. Solo hacía un desagradable y molesto sonido de sopapa con la boca. Lo que se conoce como una "boqueada de pez". Los ojos eran redondos y estaban casi ubicados en lo que sería la sien de una persona. Ojos marrones, orejas branquiales, branquias por detrás de las orejas, escamas en todo el cuerpo aceitoso y marrón. Unos bigotes típicos de bagre y una mirada profunda que le pedía compasión a un Pablex a cada momento más confundido y desorientado.
Paddlewatch buscó ayuda con la mirada pero no había nadie, toda la costanera estaba desierta y ahora había llegado a uno de esos momentos de la vida donde no quedaría otra que tomar un decisión importante, una decisión que acarrearía consecuencias para terceros, decidiera lo que decidiese. Y no había escapatoria ni vuelta atrás. ¿Las opciones? O dejarlo allí a la deriva y adjudicar todo el asunto a la psicodélica mañana porteña, o avisar a las autoridades de que había un ser imposible, un anfibio, el eslabón perdido entre los peces y los humanos. El hombre-pez, o mejor dicho, "El Hombre Bagre". ¿Sería el famoso rey Bagarto? ¿Quien podía saberlo? Claramente Pablo Brocua no. Él apenas sabía para qué había venido a este mundo y a cada cumpleaños que pasaba se sentía más perdido que nunca. ¿Pero ahora que hacer? Porque la situación moral exigía una acción de parte suya. Él, que no se sentía un hombre de acción. Odiaba eso... y ahora entonces...
El hombre bagre lo agarró del cuello y lo miró fijo. Pablo se perdió en la profundidad de esos ojos marrones, ojos milenarios, ojos que habían visto seres monstruosos en las profundidades más abisales del Río de la Plata, esos ojos que habían divisado la llegada de las primeras carabelas españolas fondeando frágiles la inmensidad que se los tragaría para siempre. Esa inmensidad que los españoles no supieron manejar y que al final fue su ruina. Esos ojos que observaron la llegada de las flotas inglesas y francesas y como fueron detenidos por los criollos con cadenas. Esos ojos que vieron submarinos nazis entrar y ya no volver a salir nunca más. El río se los tragó a todos ellos. Porque los bagres rigen estas aguas desde tiempos prehistóricos y llegó la hora de que recuperen su reino.
Eso es lo que al final comprendió Brocua en su último respiro. La mente de Pablo voló, pero el cerebro de Brocua quedó en su lugar. Lo último que vió fue su figura, soltándolo en el río mientras se retiraba y subía los escalones de piedra con una mirada perdida pero profunda. Mientras a él, las aguas marrones lo engullían para siempre.
sábado, 1 de mayo de 2021
A Rodolfo García, batero de Almendra
Rodolfo García nació en Buenos Aires en 1946. A lo largo de su fructífera carrera ha sido batero de Almendra, La Nebbia's Band, Aquelarre, Tantor y también de bandas como Los Larkings, donde por su intermediación fue incorporado un pre adolescente Spinetta para cantar en algunos temas. Luego, formarían junto a otros dos chicos del barrio y del colegio (Belgrano, el colegio San Román), una de las bandas más icónicas y cuasi fundacionales del rock argentino.
Almendra fue la primera banda que me llamó la atención de todas las que tuvo Luis. Corrían los inicios del año 1997, y yo estaba en primer año de la secundaria. Esos primeros años formativos en cuanto a gustos personales que irán definiendo tu personalidad, gustos y forma de ser para el resto de tu vida. "La educación sentimental" vino en casa de la mano de los discos de mi viejo y mi hermano mayor. Pero una tarde de ese año en que todos decíamos escuchar tal o cual cosa, una canción resonó en mi cabeza. Fermín. Entonces le pregunté a mi vieja de quien era ese tema que decía algo de "las manos de Fermín". Ella sin vacilar me dijo está en el disco de Almendra ese que tiene un tipo con una sopapa en la cabeza. Listo! Busqué el disco y escuché en principio el tema ese. Pero luego me dio por escuchar todo el disco y me voló la peluca. En breve, Almendra se constituyó, junto a The Beatles que ya me gustaban de pibe, en mi banda cabecera. Y yo sin saber la relación intrínseca que hay entre ambas bandas.
Un día, ahorrando plata con la que iba al colegio, me compré el cd, porque era importante para mí tener mi propio disco, por más que en casa estuviera el vinilo. Este cd lo podía escuchar en mi pieza cuando se me cantara. Y bueno, en mi caso, mis primeros años formativos estuvieron muy influenciados por los discos que ya había en casa. Pero como yo estaba en pleno formato cd, la compra de muchos discos que en casa estaban en vinilo se justificaban aunque más no sea por un tema de formatos, pero también de apropiarme de toda esa música que en definitiva no tenía que ser la música de mis viejos o hermano. Yo sentía que podía hacerla mía sin deberle nada a nadie. Porque la música no es de nadie y es de todos.
Cuando llevé el cd al colegio porque me lo acababa de comprar, uno de mis compañeros, que había tomado al punk como modelo musical de vida, me dijo mirando la foto de la contratapa donde se los veía de espaldas a los Almendra tocando en un escenario bastante precario en 1969 o 1970, "me gusta la onda del batero, que tiene una batería con los cuerpos mínimos". En definitiva, mi compañero punkie, que suelen odiar a todo lo que no fuera punky, elogiaba la onda sobria y casi económica del baterista de Almendra. Claro que musicalmente no le gustaba, pero me alegró que ponderara al querido Rodolfo García, que para mí era un capo. Sólo por ser el batero de mi banda preferida.
Ese mismo año y yo casi sin saberlo, Spinetta tocaba en Miami, dando el concierto para la MTV Unplugged. El recital saldría en un cd llamado Estrelicia. Allí, el flaco desempolva un viejo tema inédito del viejo Almendra, La miel en tu ventana. Una hermosa canción de amor, y que me atrevo a decir es más bella que la icónica Muchacha Ojos de Papel. Para tocar este tema invita a "una persona derecha como pocos, y que siempre me va a guiar, alguien a quien amo, Rodolfo García, batero de Almendra". Así lo presenta a su ex compañero de banda, quien en esta ocasión toca el acordeón.
https://www.youtube.com/watch?v=_WHAl02ksq4
Pasó el tiempo y yo fuí descubriendo muchas otras bandas, de Spinetta y de otros varios, y Almendra fue quedando un poco atrás, pero nunca me dejó de gustar ni la dejé de escuchar. Cuestión, que en el año 2005, había unas muestras de percusión que organizaba el gobierno de la ciudad (porque hubo vida antes de que el Pro se apropiara de la ciudad) que estaban muy copadas. Al parecer, Rodolfo García ocupaba un cargo en el sector de cultura de la ciudad en ese momento y resultó que cuando llegamos (yo estaba con mi hermano y sus amigos), García estaba allí, en la entrada del lugar (que ya no recuerdo donde fue... ¿habrá sido en el Ecunhi?)
Lo veo ahí parado, bajito, con su larga cabellera ya canosa. Lo codeo a mi hermano y le señalo muy emocionado que ahí está Rodolfo García. Le menciono, no sé por qué, a mi hermano que Rodolfo leía a J Krishnamurti, siendo que de seguro lo habría leído en algún libro o revista sobre Spinetta. Entonces me acerco al baterista y le tiendo la mano, diciéndole "Hola maestro, capo, genio", no recuerdo. El me saludó sorprendido pero afable. Mi hermano se acercó por su parte y lo saludó, mientras le dijo descaradamente, "¿Cómo anda capo? ¿Sigue leyendo a Krishnamurti?". Rodolfo se quedó obnubilado ante esta extraña pregunta y le respondió a mi hermano "Je, si, a veces..."
Luego nos fuimos hacia los eventos y no lo vimos más. No podía creer que mi hermano le preguntara algo tan raro a Rodolfo García, pero el tipo siempre tranquilo y buena onda.
En el 2009 lo vi en el concierto de las bandas eternas, en la reunión de Almendra y los amé, a los cuatro. Deseo adolescente cumplido. Zackkkkkkkkk!
Finalmente, el 23 de enero del 2020, cuando se cumplían 70 años del nacimiento del flaco, se hizo un recital en el Konex. Allí lo ví por última vez, y me sorprendió lo bien que seguía dándole a los parches siendo que tenía setenta y pico de años y la batería es uno de los instrumentos (si no el más) exigido en cuanto a lo físico. Lo noté un poco gordito y cansado, pero contento de estar en la batería. Menciono los detalles porque ese día me fui tempranito y quedé posicionado bastante cerca del escenario. Me gustó y disfruté mucho verlo tocar "Toma el tren hacia el sur", canción que casi nunca habían tocado en vivo.
Para mi, un Señor Batero como pocos, con mucho groove e icónico, maestro de nuestro querido rock argentino, y en ese sentido, un verdadero prócer de nuestra música y cultura. Un gran abrazo maestro, hasta siempre!!














