sábado, 28 de marzo de 2026

Subte


El tipo se levanta y dice, hoy no se trabaja. Hoy es día no laborable. Puedo hacer lo que quiera. 

Se mira en el espejo. Se ve demacrado. Los años han hecho estragos en su rostro otrora juvenil. 

Como siente una profunda rabia hacia el destino, decide que él es dueño de su destino. 

Nada ni nadie se va a interponer en sus asuntos. Él decide lo que está bien o mal. Lo que le importa o no. 

Entonces decide darse un baño y salir a pasear porque la ciudad le pertenece. 

Desde que sale nota mucho movimiento. Sabe a donde va la gente. Pero eso a él no le importa porque los fantasmas del pasado no lo asustan. A él no le hicieron nada, ni a su familia, asi que... que importancia tiene. 

Al bajar a la estación, el andén está casi repleto. Algunos cánticos acompañan la pueblada. Pero él se vino preparado. Saca su auriculares y pone música al taco. 

Cuando llega la formación se da cuenta que llegar a su destino le va a costar. Piensa que podría haber ido para cualquier otro lado, pero se dijo... yo no voy a cambiar mi paseo por los demás. Y apretujado, subió con el resto a la lata de sardinas. 

Dentro fue aún peor. La gente no paraba de subir, estación tras estación. El calor humano. El olor a chivo, los cànticos políticos que él, siente, no le competen. 

Cada cual que haga lo que quiera, se dice... yo quiero llegar al bajo y mi camino usual es este. Si los demás también quieren ir para el mismo lado es problema de ellos. 

No le importó no pagar el pasaje por el mismo hecho de ser un día de importante conmemoración en su país. Nada le importaba que no fueran sus cosas. Y menos aún cosas del pasado que él no vivió. 

Mientras la gente cantaba, los apretujamietos le sacaron el cable del teléfono y tuvo que hace mitad del viaje sin música. Insultó a todos esos energúmenos, pero lo hizo para sus adentros. Por las dudas. 

Al final, cuando el viaje no pòdía hacerse más largo e insoportable, la mayoría de la gente bajó en la anteúltima estación llevándose sus cánticos, sus pancartas y su olor a chivo. Se lo llevaron puesto pero no le importó. Ahora ya estaba libre de aquello que lo importunaba, porque eran ellos los desubicados, no él. 

En el último tramo hasta la estación final, él observó a una chica que como él, no llevaba pancartas, no emitía canticos desaforados, no le importaba en absoluto el contexto. Para ella, tanto como para él, lo que pasara en el mundo con los demás no era de su incumbencia. Ellos si eran humanos, individuos pensantes, librepensadores. No eran rebaño como el resto. Ellos sí eran diferentes a los demás, y eso los hacía mejores. 

Cuando está por bajarse piensa en hablarle, en decirle que él también es distinto que el resto. Que no le importa lo que piensa la mayoría sobre una fecha... él no deja que otros piensen por él, que le bajen línea tal o cual pensamiento. Él piensa que se los come crudos a todos... y quizás ella sea como él, quizás puedan juntarse y compartir su desprecio por la manada. 

Salen y él camina tras ella, piensa en hablarle, se acerca más y más, mientras caminan por el largo pasillo hasta la salida del fondo. Pero ella se da cuenta de su presencia y comienza a acelerar el paso. A él, esta actitud evasiva lo hace enojar mucho. Se siente respreciado, desvalorizado, dejado de lado. Y entonces es cuando arremete, la toma del brazo y la zamarrea mientras piensa a los gritos No me ignores hija de puta, no me ignores!!

La chica se desvanece del pánico y de la nada sale un policía que en dos movimientos lo reduce, haciéndolo caer al piso donde se golpea la cabeza. 

Al despertar está en un destacamento del centro, sentado en un sillón, esposado y rodeado de agentes. Una de ella le toma declaración a la chica que zamarreó. Dentro de su cabeza resuena una frase que lo atormenta desde hace años, desde que decidió dejar de sentir empatía. Una frase que no le pertenecer pero que es de todos... y más ese día.   

miércoles, 18 de marzo de 2026

El capricho de Boltraffio

                         


Había una vez... un señor muy extraño. Su nombre era Boltraffio, y él nunca quiso que el mundo cambiara sin su consentimiento. No podía tolerar los cambios inherentes del mundo porque sentía que no le habían consultado al respecto. Muchos piensan que esto es un chiste, pero el asunto es de lo más serio... y triste.

Él decía que venía de los campos, las barracas, los suburbios... en fin, que venía de abajo. 
Eso, de alguna manera, sentía Boltraffio que lo habilitaba para recordarle al mundo que él no le debía nada a nadie. Que lo que consiguió fue todo por mérito propio, pero solía sacarle mérito a la gente que trabajó tanto o más que él y a los que les debía parte de su posterior riqueza. Y otra gran parte a la suerte que lo había acompañado en varias ocasiones. Cosa que, es sabido, es más una lotería que un destino manifiesto.

De todos modos, Boltraffio, sentía que todos le debían a él. A sus empleados los explotaba pero aún así él sentía que ellos tenían el honor de trabajar con él, y nunca que él podía mantener su status quo gracias a la explotación y el trabajo denodado de ellos. 

Boltraffio era un personaje muy curioso. Para él todo era un slogan que sonaba rancio, que atrasaba sesenta años, y del cual el mundo nada sabía. Sentía que todos los que nacieron después que él eran todos y que no sabían nada sobre la vida. Que él los daba vuelta veinte veces, porque era un campechano que llegó a la gran urbe y se los comió a todos, de canchero y pasado de sí mismo que era. 
Pero pobrecito Boltraffio, él nunca se dió cuenta que apenas era una pelusita m{as, perdida en la inmensidad de un mundo que nunca pudo conocer de verdad. 

Agarrado a sus bienes como si fueran su mayor logro, cuando en realidad nunca vio a los que lo rodeaban, al resto de sus congéneres. Para él solo existía defender su abolengo y ganar siempre el mejor precio. Un Fenicio de profesión, un fariseo por convicción. 

Para cuando estaba en el ocaso de su vida, sólo dos cosas tenía claro el pobre Boltraffio. Que el mundo había cambiado tanto que ya no lo reconocía, que ya no era parte del mismo, pero a la vez le parecía algo inconcebible, por lo que dijimos al principio. Alguien había decidido cambiar el mundo, pero no le habían pedido su autorización, y algo que odiaba con todo su ser era no ser consultado, no ser tenido en cuenta, porque Boltraffio sentía que, de alguna manera, había colaborado con el mundo. Él se sentía inmortal, imperecedero, grande como Alejandro, y uno de los ciudadanos más ilustres de la ciudad que le dio cobijo y oportunidades a granel. 

La otra cosa que tenía bien clara es que odiaba a los jóvenes. En realidad al cualquiera más joven que él, pero sobre todo a los más jóvenes. Los odiaba con todo su ser, porque el tiempo lo estaba derrotando, destruyendo en mil pedazos, y no hay nada peor para un egomaníaco narcisista que la pérdida de su juventud, su llegada a la chochez, a la imbecilidad de la tercera edad, sobre todo cuando nunca te cuidaste en tu vida. Como si nunca hubiera un mañana. Porque él se sentía el más importante, el más poderoso e invencible, que la edad a él nunca le iba a pasar factura. Porque siempre se creyó especial, porque a costa de cagar a otros llegó tan lejos y se mantuvo, y eso le hizo pensar que podía vencer a la vejez, a la muerte y a que el mundo siga girando sin él. 

A menos que seamos un sueño de Boltraffio...